Es momento de Embarcarse a Cuba
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La poética del patriotismo en los escritos de Cintio Vitier

¿Cómo se puede pasar de ser exquisito historiador de la poesía cubana, sensible y crítico a ideólogo oficioso y entusiasta de la dictadura más extensa que ha conocido occidente justo cuando ésta ya no tiene mucho que ofrecer, intelectualmente hablando? El caso que ahora me ocupa, el de Cintio Vitier, excede una respuesta únicamente basada en los efectos del tiempo sobre la conducta humana. Deslices morales y desgaste físico y mental serían las respuestas más socorridas pero prefiero evitarlas por varias razones. Por un lado no me interesa ejercer acá como una especie de fiscal moral o de médico especializado en locura. Por otro, si nos atenemos a las ideas de Vitier sobre la nación (que conforman el eje de su producción pasada y su compromiso político actual), vemos que su pensamiento se ha mantenido en lo esencial rigurosamente intacto. Si algo ha cambiado no ha sido Vitier sino sus circunstancias. Desde que el libro Lo cubano en la poesía viera la luz (donde con más consistencia y extensión expone sus ideas sobre la relación entre poesía y nación) se produjo en Cuba una revolución con al menos cuatro virajes político-ideológicos importantes de los que al parecer es en el último donde el pensamiento de Vitier ha encontrado un mayor acomodo. Una adhesión tan persistente a las mismas ideas por más de medio siglo puede servirnos de referencia para entender las relaciones entre la idea de nación concebida desde la cultura y esta misma estructurada desde el poder político.

Si la cumbre de las reflexiones de Vitier sobre la nación se alcanza en Lo cubano en la poesía, el modelo más persistente y original de nación e historia nacional que ha enunciado Fidel Castro fue expuesto en su famoso discurso del 10 de octubre de 1968. Pese a la inmensa diferencia en cuanto a temas (poesía/revolución política), estilo, extensión, posición del emisor del discurso y público que lo recibe, podemos hablar de una afinidad profunda entre ambos textos. Esa afinidad, que paso a explicar de inmediato, creo que explica en buena parte la actual posición de “ideólogo” de Vitier. Pero más allá de las peripecias personales de Vitier y su aceptación oficial como traductor poético del sentido del actual régimen cubano, me interesa destacar lo significativo de esta proximidad a la hora de ilustrar un recurrente discurso de lo nacional que ha dominado buena parte del pensamiento cubano del siglo XX. Las diferencias ideológicas y vocacionales entre Fidel Castro y Cintio Vitier (político y marxista el primero, poeta, crítico y católico el segundo) hacen aun más llamativas las afinidades de su discurso. Por otra parte si he escogido Lo cubano en la poesía es justamente porque dada su fecha inicial de publicación (un año antes del triunfo de la revolución castrista) queda a salvo de la acusación de oportunismo político haciendo aún más elocuente cualquier confluencia con el discurso ulterior de la revolución.

De los muchos puntos en común entre ambos discursos tengo para mí como el más decisivo el hecho de que ambos están entre los más visible ejemplos de lo que llamaría discursos iluminados de lo nacional. Ambos partirían del mismo impulso de reconocer en la historia cubana ya sea poética o política una búsqueda de la plenitud nacional que hasta la fecha en que Vitier dicta sus conferencias tanto él como Castro reconocen como fracasado en su meta principal. Ambos se fijan un modelo, el martiano y lo reconocen como incumplido hasta los días previos a la revolución de 1959. De este modo Vitier podrá en fechas posteriores justificar el desaliento que inunda su visión de la historia cubana con la frustración del ideal de nación que proponía.

En ningún caso esta coincidencia de actitudes respecto a la nación como frustración previo a 1959 viene de la nada. Estos discursos responden a una larga tradición que recientemente ha estudiado con mucha agudeza el ensayista Rafael Rojas. “desde sus orígenes en el siglo XIX, -nos dice Rojas- el discurso cubano ha revelado una intensa voluntad de sublimación utópica”.(Rojas.1998.169)1 Es difícil encontrar sin embargo en ninguno de los otros autores republicanos una combinación tan explosiva de apocalipsis y utopía, de insatisfacción y búsqueda de plenitud. La excepción la encontramos quizás en los autores cercanos al marxismo o directamente miembros del Partido Comunista. Sin embargo la escasa incidencia de estos en lo que llamaré una ideología nacional y su continuidad más “natural” con el discurso marxista de la revolución cubana los hace menos atractivos a la comparación que me propongo.

Lo cubano en la poesía se convierte así en un ejemplo clásico de juicio apocalíptico de la historia republicana y propuesta utópica. Pero no es esto lo único que lo aproxima al discurso castrista posterior. Viene acompañado por un reconocimiento central de la historia como eje del discurso nacional (al tiempo que un rechazo al detalle histórico y una recurrente simplificación), una estructuración teleológica de ese devenir histórico, la insistencia en el carácter corruptor y antinacional de la influencia norteamericana, la selección de élites ya sea poéticas o políticas como sujetos privilegiados de la búsqueda de una plenitud nacional y la insistencia en una excepcionalidad de Cuba y su destino que convierten cualquier otro estadío intermedio en insípido e indeseable.

Pero para evitar simplificaciones prefiero sumergirme en lo que creo que constituye la visión de nación que transmite Vitier en Lo cubano en la poesía y con ello su concepción de la historia cubana. Como corresponde en un proyecto de este tipo, el autor comienza advirtiéndonos de sus intenciones que serían “indicar la presencia, la evolución y las vicisitudes de lo específicamente cubano en nuestra poesía”. Por qué lo hace, nunca nos lo dirá, al menos no directamente. Nunca explicita por qué ha escogido la poesía como eje de construcción de lo cubano o por qué ha considerado de manera tan urgente esa construcción. En cambio sí nos hace ver desde los primeros momentos qué incluye en lo cubano y qué excluye: “Alguien -yo mismo- podría decir que lo cubano de nuestra poesía es todo. (…) Pero eso no es completamente exacto. Hay una zona de peso muerto, de tierra de nadie, en cada momento de la literatura: son los valores internacionales de época, escuela, moda, y ese resto informe de lo que no ha sido soplado por el espíritu creador.” Por otro lado apunta que “no hay esencia inmóvil y preestablecida nombrada lo cubano, que podamos definir con independencia de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas, para después decir: aquí está y aquí no está” y por tanto “no vamos a dictaminar la cubanidad de nuestra poesía, sino que vamos a tratar de oír sus propias lecciones”. Declara a su vez que no entrarán dentro del estudio del curso ni “la emoción patriótica ni el reflejo en nuestra poesía de las vicisitudes políticas y sociales del país” pues en su opinión estos aspectos se repiten en cualquier país. Lo distintivamente nacional de un país -y con ello Vitier nos da su definición de qué es lo que debe definirse como nacional en una poesía- es “la sensibilidad y la reacción peculiar ante el mundo que va elaborando a lo largo de su historia y del esfuerzo creador de las generaciones” (Vitier.1970.17-19), (una definición que al decir de un amigo no se aleja demasiado en cuanto a lo de la descripción de un herpes).

Esta introducción es de por sí muy elocuente y promisoria. Frente a una cubanidad epidérmica y declamatoria fijada en una serie de fetiches culturales, Vitier nos anuncia la búsqueda de otra más profunda y por ello más confiable en la construcción de su idea de lo nacional. Excluye también lo que considera como moda extranjera justamente porque en la más pura lógica lo que es extranjero no puede ser nacional. También queda excluida la poesía fruto directo de “las vicisitudes políticas y sociales del país” y con esto delata un punto importante de su construcción. El que deja establecido de antemano una autonomía de lo poético a la hora de definir lo nacional y evitar así que su búsqueda se convierta en una ilustración en verso de la historia nacional, ante la que como hemos visto y seguiremos viendo, Vitier guarda profundas reservas. Quedaría fuera también la poesía que no ha sido soplada por “el espíritu creador”, es decir una poesía sin un valor intrínsecamente poético que de acuerdo con la lógica del autor, al carecer de éste, se parecerá a cualquier otra mala poesía escrita en cualquier parte del mundo.

No se puede decir sin embargo que las conferencias que a continuación irá desgranado Vitier sean escrupulosamente consecuentes con los principios arriba enunciados. Esa búsqueda de lo cubano que iniciará con candor pionero, está ya de inicio condicionada por un largo comercio con la poesía escrita en la isla. Los principios que nos acaba de enunciar revelan una idea previa bastante concreta sobre esa cubanidad que dice ir a descubrir. Varias de las zonas de la poesía que nos anuncia desde el principio que serán excluidas dibuja la silueta de autores y escuelas que a priori piensa rebajar o marginar dentro del cánon de lo cubano expresado en la poesía.

Por otra parte Vitier no siempre va a atenerse a los principios que propone pues cuando le sean incómodos a la hora de realzar a determinado poeta -imprescindible para formar la imagen poética de la isla que nos quiere mostrar- prescindirá de estos principios sin demasiado remordimiento. Sin ir más lejos, ello ocurre con Silvestre de Balboa que encabeza la lista de poetas analizados en virtud de su antigüedad. Resulta que esa antigüedad resulta decisiva para el empeño de Vitier de establecer una genealogía poética que se remonte más allá del último siglo y medio. Con la tardía adquisición de Espejo de paciencia, poema escrito en 1608 pero no descubierto hasta 1837, la historia poética de la isla adquiere de golpe casi dos siglos más de antigüedad. Esto tiene un valor invaluable para Vitier, en lucha constante contra la falta de densidad histórica y cultural de la isla, de modo que se aferra a él con toda la habilidad que puede.2 No importará que este poema contenga varios de los pecados ya señalados por él como imperdonables. No importa cuán poco haya soplado el espíritu creador en sus versos. Poco importa también cuánto responda a los “valores internacionales de época, escuela, moda” con su legión de deidades renacentistas o que el poeta proceda de la islas Canarias. La torpeza en seguir esos modelos será entendida como singularidad protonacional. Para Vitier el poema pese a su escaso “valor poético absoluto” “está penetrado de una luz matinal de playa y de un aroma de frutos cubanos que nos hace encantadores hasta sus desaliños verbales: desaliño que le quita el empaque solemne y monótono del género, movida su palabra por un airecillo libre, modesto, secretamente insular en su misma ausencia de pretensiones y en su abierta fragancia”(Vitier.1970.26)

Con esta indulgencia patrioóicamente cómplice Vitier perdona todos los defectos del poema para ubicarlo en la base de su edificio. Todas las debilidades del poema serán salvadas por los malabarismos verbales del autor que le atribuye a Balboa “graciosas simplificaciones” o “ingenuidad encantadora”. Resuelto el problema de la antigüedad histórica de la poesía en la isla ya Vitier podrá ser más exigente con el resto de los poetas que se avecinan en orden cronológico so pena de convertir la chapucería en rasgo esencial de la cubanía. Pero por si fuera poco a esta labor de envejecimiento de la historia poética de la isla le añade en los inicios nada menos que el testimonio de Cristóbal Colón a su paso por la isla, del cual rescata tres elementos cuya recurrencia señala como parte del carácter nacional de la poesía cubana: “la visión paradisiaca arcádica de la naturaleza”, “la dispersión y falta de concierto y “el carácter suave, con tendencia a la burla, y la religiosidad vaga, dúctil”. Este procedimiento de atribución prematura y arbitraria a un texto como el diario de Colón de rasgos que conformarán la sustancia poética de lo cubano puede resultar un arma de doble filo. Fijémonos por un momento en uno de los pasajes citados por el propio Vitier. En él el Almirante luego de admirar la naturaleza paradisiaca de la isla cuenta cámo centenares de indígenas intentaron irse con los europeos en sus naves pensando que éstas venían del cielo. ¿Acaso -y a la vista de la larga historia de exilios cubanos y de la intensa migración de las últimas décadas- no nos sentiríamos tentados a señalar que el deseo de huir de lo que otros ven como paraíso caribeño es una de las constantes del ser cubano? La tentación de usar ese sistema de atribuciones de rasgos nacionales puede ser tan fuerte como impredecible.

De cualquier manera el abandono momentáneo de Vitier de los límites para su búsqueda de lo cubano no lo desvían de su destino. Más bien lo empujan hacia ese destino lo que nos hace sospechar que es ese punto de llegada el que define el rumbo de su búsqueda más que las normas que nos había propuesto en un inicio. Este modelo de articulación narrativa a partir de determinada imagen final (lo que cualquier diccionario llamará teleología), será el eje fundamental de la historia poética que nos propone Vitier. En su articulación de las distintas poéticas que menciona habrá dos momentos centrales en los que esa teleología se afinca. Uno de ellos, la poesía de Martí, lo anuncia de forma explícita: de su Diario de campaña llega a decir que leerlo equivale a “leer un texto sagrado”(Ibid.268). El otro punto es propuesto en secreto y la razón del secreto es simple: se trata del propio grupo Orígenes al que él pertenece y de la poética de su maestro José Lezama Lima. Ambos puntos tienen entre sí una coincidencia fundamental. Más que proponer la obra de cualquiera de ellos como meta de las búsquedas de lo nacional, Vitier siente que ambos poseen un discurso fuerte de lo que él llama una tradición por futuridad. Si Martí resume un anhelo de encontrar en el futuro histórico el paraíso perdido y la plenitud nacional, Lezama propone que la poesía será el medio y el fin de esa plenitud. De modo que la poesía previa más que construir una tradición en que las poéticas de Martí o Lezama se inscriban, funciona como anunciadora de su llegada. Martí por ejemplo, no será influído por Zenea sino que un verso de este “debió encantar a Martí, si lo leyó” mientras que otro verso “nos suena a Martí”. El apostolado de Lezama que Vitier nos anuncia indirectamente viene precedido por signos a su vez menos visibles. Lo que anuncia la llegada salvadora de Lezama no son versos que le pudieron gustar o que se parecieran a los suyos por adelantado, sino el vacío que diagnostica Vitier en la poesía que lo precede. En un ambiente en que “todo se ha vuelto vulgar y cotidiano”, los movimientos de vanguardia emprendidos desde los años 20 tenían “una raíz fatalmente política y sociológica”(Ibid.371). Para Vitier -y para mayor gloria del grupo poético lidereado por Lezama- el vanguardismo poético precedente padecía a su vez “los vicios esenciales de la época”.

Intentaron superar la ausencia de finalidad en que se hundían el país y las letras, atacando enemigos de cartón, como eran la cursilería, el academicismo y la retórica engolada; y proponiéndose la meta abstracta del avance por el avance, de lo nuevo por lo nuevo.(…) porque su raíz no era poética, creadora, sino como hemos dicho, sociológica y política”(Ibid.371)

Este rechazo por lo sociológico y lo político del discurso de Vitier no es del todo convincente. El papel central que ocupa la poesía en el discurso de Vitier sobre lo cubano lo consigue a expensas justamente de lo político. Este procedimiento es resumido en la frase de Lezama “un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”. (Lezama.1992.207) Con ello, lejos de disputarle a lo político su papel central en la construcción de la nación, el discurso de Vitier que reemplaza lo político por lo poético le asigna a la poesía la condición de discurso sustituto donde el otro ha fracasado. No es de extrañar que el libro (al menos en la edición de 1970) esté dedicado a un abuelo del autor, general de las guerras de independencia. De poco vale que se haga ascos continuos a la historia. Sólo la falta de densidad histórica de la isla y las frustraciones políticas le permiten justificar el protagonismo de la poesía. Aunque se felicita de que el país esté “venturosamente al margen, en lo posible, del siniestro curso central de la Historia” (por muy poco tiempo como luego se vería al convertirse en una pieza estratégica del conflicto este-oeste) sus reiterados ascos a lo político se ven contradichos en su advocación final. “Pero si estamos destinados a la sombría vocación definitiva, que al menos haya siempre entre nosotros voces como la de estos poetas que hemos comentado (las itálicas son mías). Ese “al menos” lo dice todo. La poesía a la que tanto relieve ha atribuido Vitier a lo largo de su libro como salvadora de la historia y de la nación se convierte en un consuelo lírico ante el fracaso reiterado de conseguir una plenitud nacional.

Aquí valdría la pena detenernos a comentar el discurso central de Lo cubano en la poesía. El libro puede leerse en dos direcciones principales. Según una de ellas, la más señalizada, luego de la frustración histórica del proyecto diseñado por políticos y poetas queda el rescate de lo nacional a través de la poesía. La poesía debe construir la imagen de lo nacional que la política ha sigo incapaz de levantar. Según otra lectura posible que se desprende de la anterior, no se puede alcanzar una plenitud poética si antes no se ha llegado a una plenitud nacional. Esa plenitud ha sido sin embargo imposible de alcanzar en el transcurso de la historia política de la nación (al parecer la única historia a los ojos de Vitier). Esa historia política aparece en muchas ocasiones culpable no sólo de la frustración nacional sino incluso de la frustración poética. No es arriesgado entonces determinar que dada la continua culpabilización de lo histórico en el cumplimiento del ideario de nación, Vitier está de hecho confirmando la responsabilidad de la historia (léase política) en esa tarea. Si la poesía toma el relevo es justamente en condición de sustituto por más que se empeñe Vitier en dotar a la tradición poética cubana de una tradición de búsquedas nacionales más antigua y continua que la tradición política.3 Si tenemos en cuenta que Vitier afirma que “para mí la poesía no tendrá otra justificación que ella misma, ni otras leyes que las que provengan de su absoluta o relativa libertad”(Vitier.1970.571) la contradicción que se asoma resulta poco menos que insalvable.

La poesía será entonces la continuación de la guerra y de la política por otros medios. Pero para emprender esa guerra poética en pos de la plenitud nacional no es suficiente ese ejército de poetas autóctonos que ha ido reclutando Vitier a lo largo de la historia literaria de la isla. Para emprender una guerra, tanto o más importante que el ejército propio, es la existencia de un enemigo. Pensando en la fecha en que se celebraron las conferencias quizás correespondería declarar a la dictadura de Batista como el enemigo a derrotar. Su golpe de estado y su subsiguiente dictadura habían puesto en crisis el intento más serio para dotar a la nación de una institucionalidad política que dictara normas de convivencias realmente nacionales. Me refiero, por supuesto, a la constitución de 1940. Sin embargo, si algún enemigo se señala en las páginas de Lo cubano en la poesía,  no es la mencionada dictadura. Su denuncia va en otro sentido. “Somos víctimas de la más sutilmente corruptora influencia que haya sufrido jamás el mundo occidental” señala acusador. Alude por supuesto a la influencia norteamericana que aunque ya sin la coartada legal con que había contado en los inicios de la república -la enmienda Platt- seguía haciéndose sentir con tanta fuerza como antes y lo que es peor, hasta con cierta complacencia de los influidos. El peligro, según Vitier, puede llegar al punto de que “en cualquier momento futuro podremos estar expuestos a la desaparición como Estado aunque sea en apariencia soberano.”(Ibid.584) Se comprende que ignore como enemigo la dictadura batistiana que en esos días alcanzaba sus máximas cotas de crueldad. Al fin y al cabo era un enemigo vernáculo y perecedero. Los Estados Unidos ofrecían en cambio su condición de fuerza ajena, duradera y descomunal capaz de explicar toda frustración política pasada y futura y convertir en imposible el viejo proyecto histórico de nación.