Es momento de Embarcarse a Cuba
Showing posts with tag: nacionalismo

La poética del patriotismo en los escritos de Cintio Vitier

¿Cómo se puede pasar de ser exquisito historiador de la poesía cubana, sensible y crítico a ideólogo oficioso y entusiasta de la dictadura más extensa que ha conocido occidente justo cuando ésta ya no tiene mucho que ofrecer, intelectualmente hablando? El caso que ahora me ocupa, el de Cintio Vitier, excede una respuesta únicamente basada en los efectos del tiempo sobre la conducta humana. Deslices morales y desgaste físico y mental serían las respuestas más socorridas pero prefiero evitarlas por varias razones. Por un lado no me interesa ejercer acá como una especie de fiscal moral o de médico especializado en locura. Por otro, si nos atenemos a las ideas de Vitier sobre la nación (que conforman el eje de su producción pasada y su compromiso político actual), vemos que su pensamiento se ha mantenido en lo esencial rigurosamente intacto. Si algo ha cambiado no ha sido Vitier sino sus circunstancias. Desde que el libro Lo cubano en la poesía viera la luz (donde con más consistencia y extensión expone sus ideas sobre la relación entre poesía y nación) se produjo en Cuba una revolución con al menos cuatro virajes político-ideológicos importantes de los que al parecer es en el último donde el pensamiento de Vitier ha encontrado un mayor acomodo. Una adhesión tan persistente a las mismas ideas por más de medio siglo puede servirnos de referencia para entender las relaciones entre la idea de nación concebida desde la cultura y esta misma estructurada desde el poder político.

Si la cumbre de las reflexiones de Vitier sobre la nación se alcanza en Lo cubano en la poesía, el modelo más persistente y original de nación e historia nacional que ha enunciado Fidel Castro fue expuesto en su famoso discurso del 10 de octubre de 1968. Pese a la inmensa diferencia en cuanto a temas (poesía/revolución política), estilo, extensión, posición del emisor del discurso y público que lo recibe, podemos hablar de una afinidad profunda entre ambos textos. Esa afinidad, que paso a explicar de inmediato, creo que explica en buena parte la actual posición de “ideólogo” de Vitier. Pero más allá de las peripecias personales de Vitier y su aceptación oficial como traductor poético del sentido del actual régimen cubano, me interesa destacar lo significativo de esta proximidad a la hora de ilustrar un recurrente discurso de lo nacional que ha dominado buena parte del pensamiento cubano del siglo XX. Las diferencias ideológicas y vocacionales entre Fidel Castro y Cintio Vitier (político y marxista el primero, poeta, crítico y católico el segundo) hacen aun más llamativas las afinidades de su discurso. Por otra parte si he escogido Lo cubano en la poesía es justamente porque dada su fecha inicial de publicación (un año antes del triunfo de la revolución castrista) queda a salvo de la acusación de oportunismo político haciendo aún más elocuente cualquier confluencia con el discurso ulterior de la revolución.

De los muchos puntos en común entre ambos discursos tengo para mí como el más decisivo el hecho de que ambos están entre los más visible ejemplos de lo que llamaría discursos iluminados de lo nacional. Ambos partirían del mismo impulso de reconocer en la historia cubana ya sea poética o política una búsqueda de la plenitud nacional que hasta la fecha en que Vitier dicta sus conferencias tanto él como Castro reconocen como fracasado en su meta principal. Ambos se fijan un modelo, el martiano y lo reconocen como incumplido hasta los días previos a la revolución de 1959. De este modo Vitier podrá en fechas posteriores justificar el desaliento que inunda su visión de la historia cubana con la frustración del ideal de nación que proponía.

En ningún caso esta coincidencia de actitudes respecto a la nación como frustración previo a 1959 viene de la nada. Estos discursos responden a una larga tradición que recientemente ha estudiado con mucha agudeza el ensayista Rafael Rojas. “desde sus orígenes en el siglo XIX, -nos dice Rojas- el discurso cubano ha revelado una intensa voluntad de sublimación utópica”.(Rojas.1998.169)1 Es difícil encontrar sin embargo en ninguno de los otros autores republicanos una combinación tan explosiva de apocalipsis y utopía, de insatisfacción y búsqueda de plenitud. La excepción la encontramos quizás en los autores cercanos al marxismo o directamente miembros del Partido Comunista. Sin embargo la escasa incidencia de estos en lo que llamaré una ideología nacional y su continuidad más “natural” con el discurso marxista de la revolución cubana los hace menos atractivos a la comparación que me propongo.

Lo cubano en la poesía se convierte así en un ejemplo clásico de juicio apocalíptico de la historia republicana y propuesta utópica. Pero no es esto lo único que lo aproxima al discurso castrista posterior. Viene acompañado por un reconocimiento central de la historia como eje del discurso nacional (al tiempo que un rechazo al detalle histórico y una recurrente simplificación), una estructuración teleológica de ese devenir histórico, la insistencia en el carácter corruptor y antinacional de la influencia norteamericana, la selección de élites ya sea poéticas o políticas como sujetos privilegiados de la búsqueda de una plenitud nacional y la insistencia en una excepcionalidad de Cuba y su destino que convierten cualquier otro estadío intermedio en insípido e indeseable.

Pero para evitar simplificaciones prefiero sumergirme en lo que creo que constituye la visión de nación que transmite Vitier en Lo cubano en la poesía y con ello su concepción de la historia cubana. Como corresponde en un proyecto de este tipo, el autor comienza advirtiéndonos de sus intenciones que serían “indicar la presencia, la evolución y las vicisitudes de lo específicamente cubano en nuestra poesía”. Por qué lo hace, nunca nos lo dirá, al menos no directamente. Nunca explicita por qué ha escogido la poesía como eje de construcción de lo cubano o por qué ha considerado de manera tan urgente esa construcción. En cambio sí nos hace ver desde los primeros momentos qué incluye en lo cubano y qué excluye: “Alguien -yo mismo- podría decir que lo cubano de nuestra poesía es todo. (…) Pero eso no es completamente exacto. Hay una zona de peso muerto, de tierra de nadie, en cada momento de la literatura: son los valores internacionales de época, escuela, moda, y ese resto informe de lo que no ha sido soplado por el espíritu creador.” Por otro lado apunta que “no hay esencia inmóvil y preestablecida nombrada lo cubano, que podamos definir con independencia de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas, para después decir: aquí está y aquí no está” y por tanto “no vamos a dictaminar la cubanidad de nuestra poesía, sino que vamos a tratar de oír sus propias lecciones”. Declara a su vez que no entrarán dentro del estudio del curso ni “la emoción patriótica ni el reflejo en nuestra poesía de las vicisitudes políticas y sociales del país” pues en su opinión estos aspectos se repiten en cualquier país. Lo distintivamente nacional de un país -y con ello Vitier nos da su definición de qué es lo que debe definirse como nacional en una poesía- es “la sensibilidad y la reacción peculiar ante el mundo que va elaborando a lo largo de su historia y del esfuerzo creador de las generaciones” (Vitier.1970.17-19), (una definición que al decir de un amigo no se aleja demasiado en cuanto a lo de la descripción de un herpes).

Esta introducción es de por sí muy elocuente y promisoria. Frente a una cubanidad epidérmica y declamatoria fijada en una serie de fetiches culturales, Vitier nos anuncia la búsqueda de otra más profunda y por ello más confiable en la construcción de su idea de lo nacional. Excluye también lo que considera como moda extranjera justamente porque en la más pura lógica lo que es extranjero no puede ser nacional. También queda excluida la poesía fruto directo de “las vicisitudes políticas y sociales del país” y con esto delata un punto importante de su construcción. El que deja establecido de antemano una autonomía de lo poético a la hora de definir lo nacional y evitar así que su búsqueda se convierta en una ilustración en verso de la historia nacional, ante la que como hemos visto y seguiremos viendo, Vitier guarda profundas reservas. Quedaría fuera también la poesía que no ha sido soplada por “el espíritu creador”, es decir una poesía sin un valor intrínsecamente poético que de acuerdo con la lógica del autor, al carecer de éste, se parecerá a cualquier otra mala poesía escrita en cualquier parte del mundo.

No se puede decir sin embargo que las conferencias que a continuación irá desgranado Vitier sean escrupulosamente consecuentes con los principios arriba enunciados. Esa búsqueda de lo cubano que iniciará con candor pionero, está ya de inicio condicionada por un largo comercio con la poesía escrita en la isla. Los principios que nos acaba de enunciar revelan una idea previa bastante concreta sobre esa cubanidad que dice ir a descubrir. Varias de las zonas de la poesía que nos anuncia desde el principio que serán excluidas dibuja la silueta de autores y escuelas que a priori piensa rebajar o marginar dentro del cánon de lo cubano expresado en la poesía.

Por otra parte Vitier no siempre va a atenerse a los principios que propone pues cuando le sean incómodos a la hora de realzar a determinado poeta -imprescindible para formar la imagen poética de la isla que nos quiere mostrar- prescindirá de estos principios sin demasiado remordimiento. Sin ir más lejos, ello ocurre con Silvestre de Balboa que encabeza la lista de poetas analizados en virtud de su antigüedad. Resulta que esa antigüedad resulta decisiva para el empeño de Vitier de establecer una genealogía poética que se remonte más allá del último siglo y medio. Con la tardía adquisición de Espejo de paciencia, poema escrito en 1608 pero no descubierto hasta 1837, la historia poética de la isla adquiere de golpe casi dos siglos más de antigüedad. Esto tiene un valor invaluable para Vitier, en lucha constante contra la falta de densidad histórica y cultural de la isla, de modo que se aferra a él con toda la habilidad que puede.2 No importará que este poema contenga varios de los pecados ya señalados por él como imperdonables. No importa cuán poco haya soplado el espíritu creador en sus versos. Poco importa también cuánto responda a los “valores internacionales de época, escuela, moda” con su legión de deidades renacentistas o que el poeta proceda de la islas Canarias. La torpeza en seguir esos modelos será entendida como singularidad protonacional. Para Vitier el poema pese a su escaso “valor poético absoluto” “está penetrado de una luz matinal de playa y de un aroma de frutos cubanos que nos hace encantadores hasta sus desaliños verbales: desaliño que le quita el empaque solemne y monótono del género, movida su palabra por un airecillo libre, modesto, secretamente insular en su misma ausencia de pretensiones y en su abierta fragancia”(Vitier.1970.26)

Con esta indulgencia patrioóicamente cómplice Vitier perdona todos los defectos del poema para ubicarlo en la base de su edificio. Todas las debilidades del poema serán salvadas por los malabarismos verbales del autor que le atribuye a Balboa “graciosas simplificaciones” o “ingenuidad encantadora”. Resuelto el problema de la antigüedad histórica de la poesía en la isla ya Vitier podrá ser más exigente con el resto de los poetas que se avecinan en orden cronológico so pena de convertir la chapucería en rasgo esencial de la cubanía. Pero por si fuera poco a esta labor de envejecimiento de la historia poética de la isla le añade en los inicios nada menos que el testimonio de Cristóbal Colón a su paso por la isla, del cual rescata tres elementos cuya recurrencia señala como parte del carácter nacional de la poesía cubana: “la visión paradisiaca arcádica de la naturaleza”, “la dispersión y falta de concierto y “el carácter suave, con tendencia a la burla, y la religiosidad vaga, dúctil”. Este procedimiento de atribución prematura y arbitraria a un texto como el diario de Colón de rasgos que conformarán la sustancia poética de lo cubano puede resultar un arma de doble filo. Fijémonos por un momento en uno de los pasajes citados por el propio Vitier. En él el Almirante luego de admirar la naturaleza paradisiaca de la isla cuenta cámo centenares de indígenas intentaron irse con los europeos en sus naves pensando que éstas venían del cielo. ¿Acaso -y a la vista de la larga historia de exilios cubanos y de la intensa migración de las últimas décadas- no nos sentiríamos tentados a señalar que el deseo de huir de lo que otros ven como paraíso caribeño es una de las constantes del ser cubano? La tentación de usar ese sistema de atribuciones de rasgos nacionales puede ser tan fuerte como impredecible.

De cualquier manera el abandono momentáneo de Vitier de los límites para su búsqueda de lo cubano no lo desvían de su destino. Más bien lo empujan hacia ese destino lo que nos hace sospechar que es ese punto de llegada el que define el rumbo de su búsqueda más que las normas que nos había propuesto en un inicio. Este modelo de articulación narrativa a partir de determinada imagen final (lo que cualquier diccionario llamará teleología), será el eje fundamental de la historia poética que nos propone Vitier. En su articulación de las distintas poéticas que menciona habrá dos momentos centrales en los que esa teleología se afinca. Uno de ellos, la poesía de Martí, lo anuncia de forma explícita: de su Diario de campaña llega a decir que leerlo equivale a “leer un texto sagrado”(Ibid.268). El otro punto es propuesto en secreto y la razón del secreto es simple: se trata del propio grupo Orígenes al que él pertenece y de la poética de su maestro José Lezama Lima. Ambos puntos tienen entre sí una coincidencia fundamental. Más que proponer la obra de cualquiera de ellos como meta de las búsquedas de lo nacional, Vitier siente que ambos poseen un discurso fuerte de lo que él llama una tradición por futuridad. Si Martí resume un anhelo de encontrar en el futuro histórico el paraíso perdido y la plenitud nacional, Lezama propone que la poesía será el medio y el fin de esa plenitud. De modo que la poesía previa más que construir una tradición en que las poéticas de Martí o Lezama se inscriban, funciona como anunciadora de su llegada. Martí por ejemplo, no será influído por Zenea sino que un verso de este “debió encantar a Martí, si lo leyó” mientras que otro verso “nos suena a Martí”. El apostolado de Lezama que Vitier nos anuncia indirectamente viene precedido por signos a su vez menos visibles. Lo que anuncia la llegada salvadora de Lezama no son versos que le pudieron gustar o que se parecieran a los suyos por adelantado, sino el vacío que diagnostica Vitier en la poesía que lo precede. En un ambiente en que “todo se ha vuelto vulgar y cotidiano”, los movimientos de vanguardia emprendidos desde los años 20 tenían “una raíz fatalmente política y sociológica”(Ibid.371). Para Vitier -y para mayor gloria del grupo poético lidereado por Lezama- el vanguardismo poético precedente padecía a su vez “los vicios esenciales de la época”.

Intentaron superar la ausencia de finalidad en que se hundían el país y las letras, atacando enemigos de cartón, como eran la cursilería, el academicismo y la retórica engolada; y proponiéndose la meta abstracta del avance por el avance, de lo nuevo por lo nuevo.(…) porque su raíz no era poética, creadora, sino como hemos dicho, sociológica y política”(Ibid.371)

Este rechazo por lo sociológico y lo político del discurso de Vitier no es del todo convincente. El papel central que ocupa la poesía en el discurso de Vitier sobre lo cubano lo consigue a expensas justamente de lo político. Este procedimiento es resumido en la frase de Lezama “un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”. (Lezama.1992.207) Con ello, lejos de disputarle a lo político su papel central en la construcción de la nación, el discurso de Vitier que reemplaza lo político por lo poético le asigna a la poesía la condición de discurso sustituto donde el otro ha fracasado. No es de extrañar que el libro (al menos en la edición de 1970) esté dedicado a un abuelo del autor, general de las guerras de independencia. De poco vale que se haga ascos continuos a la historia. Sólo la falta de densidad histórica de la isla y las frustraciones políticas le permiten justificar el protagonismo de la poesía. Aunque se felicita de que el país esté “venturosamente al margen, en lo posible, del siniestro curso central de la Historia” (por muy poco tiempo como luego se vería al convertirse en una pieza estratégica del conflicto este-oeste) sus reiterados ascos a lo político se ven contradichos en su advocación final. “Pero si estamos destinados a la sombría vocación definitiva, que al menos haya siempre entre nosotros voces como la de estos poetas que hemos comentado (las itálicas son mías). Ese “al menos” lo dice todo. La poesía a la que tanto relieve ha atribuido Vitier a lo largo de su libro como salvadora de la historia y de la nación se convierte en un consuelo lírico ante el fracaso reiterado de conseguir una plenitud nacional.

Aquí valdría la pena detenernos a comentar el discurso central de Lo cubano en la poesía. El libro puede leerse en dos direcciones principales. Según una de ellas, la más señalizada, luego de la frustración histórica del proyecto diseñado por políticos y poetas queda el rescate de lo nacional a través de la poesía. La poesía debe construir la imagen de lo nacional que la política ha sigo incapaz de levantar. Según otra lectura posible que se desprende de la anterior, no se puede alcanzar una plenitud poética si antes no se ha llegado a una plenitud nacional. Esa plenitud ha sido sin embargo imposible de alcanzar en el transcurso de la historia política de la nación (al parecer la única historia a los ojos de Vitier). Esa historia política aparece en muchas ocasiones culpable no sólo de la frustración nacional sino incluso de la frustración poética. No es arriesgado entonces determinar que dada la continua culpabilización de lo histórico en el cumplimiento del ideario de nación, Vitier está de hecho confirmando la responsabilidad de la historia (léase política) en esa tarea. Si la poesía toma el relevo es justamente en condición de sustituto por más que se empeñe Vitier en dotar a la tradición poética cubana de una tradición de búsquedas nacionales más antigua y continua que la tradición política.3 Si tenemos en cuenta que Vitier afirma que “para mí la poesía no tendrá otra justificación que ella misma, ni otras leyes que las que provengan de su absoluta o relativa libertad”(Vitier.1970.571) la contradicción que se asoma resulta poco menos que insalvable.

La poesía será entonces la continuación de la guerra y de la política por otros medios. Pero para emprender esa guerra poética en pos de la plenitud nacional no es suficiente ese ejército de poetas autóctonos que ha ido reclutando Vitier a lo largo de la historia literaria de la isla. Para emprender una guerra, tanto o más importante que el ejército propio, es la existencia de un enemigo. Pensando en la fecha en que se celebraron las conferencias quizás correespondería declarar a la dictadura de Batista como el enemigo a derrotar. Su golpe de estado y su subsiguiente dictadura habían puesto en crisis el intento más serio para dotar a la nación de una institucionalidad política que dictara normas de convivencias realmente nacionales. Me refiero, por supuesto, a la constitución de 1940. Sin embargo, si algún enemigo se señala en las páginas de Lo cubano en la poesía,  no es la mencionada dictadura. Su denuncia va en otro sentido. “Somos víctimas de la más sutilmente corruptora influencia que haya sufrido jamás el mundo occidental” señala acusador. Alude por supuesto a la influencia norteamericana que aunque ya sin la coartada legal con que había contado en los inicios de la república -la enmienda Platt- seguía haciéndose sentir con tanta fuerza como antes y lo que es peor, hasta con cierta complacencia de los influidos. El peligro, según Vitier, puede llegar al punto de que “en cualquier momento futuro podremos estar expuestos a la desaparición como Estado aunque sea en apariencia soberano.”(Ibid.584) Se comprende que ignore como enemigo la dictadura batistiana que en esos días alcanzaba sus máximas cotas de crueldad. Al fin y al cabo era un enemigo vernáculo y perecedero. Los Estados Unidos ofrecían en cambio su condición de fuerza ajena, duradera y descomunal capaz de explicar toda frustración política pasada y futura y convertir en imposible el viejo proyecto histórico de nación.

“Jugando en serio: The Pride of Havana” de Roberto González Echevarría.

No se trata en este caso de apremiar a la lectura de un libro acabado de salir de las prensas. Con más de dos años de publicado The Pride of Havana, la erudita historia del béisbol cubano escrita por el conocido crítico literario Roberto González Echevarría, no requiere tales urgencias. No se trata de invitar a leer un libro que ya cuenta con abundantes lectores sino de inducir a cierto modo de lectura que sitúe el texto en el sitio que merece y lo que es más importante, que nos sitúe a sus lectores en una relación más fecunda con el texto y (a través de este) con todo lo que alude. Porque de eso se trata. De reconocer en este libro no sólo una amena y bien informada historia de nuestro pasatiempo nacional sino de una de las más sagaces y fructíferas inmersiones en nuestra cultura nacional, digna de figurar en la reconocida genealogía de textos canónicos de lo nacional como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar e Indagación del choteo.

Pienso en el idioma y el tema como las posibles razones por las que hasta ahora no se haya insistido en esta filiación, esta dimensión del libro aludido. El que todavía no haya aparecido en español y la consiguiente limitación de los lectores potenciales que pudieran insertar el libro en un contexto adecuado es una explicación plausible pero insuficiente. Pienso en cambio que el béisbol, aunque es pasión compartida por muchos intelectuales cubanos lo es sin embargo de una manera vergonzante, como algo poco digno de hacerse público y menos de mezclarlo con reflexiones de más alcance. De nada vale que un Mañach con todo y su fama de aristócrata de las letras haya dedicado una de sus reflexiones más famosas al choteo y de allí extraído conclusiones que todavía discutimos. El béisbol ha sido en Cuba vehículo de pasiones, no de ideas, y era relativamente lógico que se viese el esfuerzo de González Echevarría, autor tan respetado en otros campos, como el capricho de un conocido intelectual que ha decidido darle forma pública a una pasión que otros llevamos con más discreción. Por allí aparece una poco atendida enfermedad intelectual cubana: la que obliga a los intelectuales, demasiado imbuidos de su importancia a preocuparnos más por distinguir qué resulta digno o indigno de nuesro análisis que a separar los análisis legítimos de los ilegítimos.

Basta abrir el libro, sin embargo para percibir que se trata de algo bien distinto al capricho de académico aburrido. Carece por ejemplo del principal atractivo para el aficionado de esquina que echa mano al libro para resolver una enconada discusión: las estadísticas (que sin embargo según el autor serán incluidas en una posible versión del libro en castellano). Las más de 400 páginas de texto, más el extenso cuerpo de notas y bibliografía son indicios para sospechar la envergadura real de la obra pero lo definitivo será como siempre zambullirse en sus páginas. Allí ese ser escindido que muchos intelectuales cubanos llevan dentro (estudioso de un campo determinado del saber y aficionado a la pelota) encuentra feliz síntesis en el libro de González Echevarría. El erudito aporta el rigor y el aficionado la pasión para empujarnos a un revelador recorrido por la historia nacional de ese deporte y sus múltiples interconecciones con el resto de la vida del país en cualquiera de sus manifestaciones. No debemos olvidar que el autor no es un intelectual cualquiera que ha decidido de pronto escribir sobre béisbol. Se trata de uno de los más versátiles y audaces críticos literarios de la lengua, capaz de hablar con la misma propiedad de literatura renacentista española que de las novelas latinoamericanas del boom. Ahora se trataría de intentar una audacia mayor en cuanto menos comprensible, pero ha sacado tanto partido a su doble condición de crítico literario y fanático del béisbol que cabría preguntarse si en sus textos sobre el barroco no alienta la vehemencia del aficionado a la pelota.

No debemos sin embargo desnaturalizar el esfuerzo de González Echevarría. Se trata ante todo de una minuciosa y bien documentada historia de los avatares del deporte entre los cubanos durante casi siglo y medio contada con el mismo rigor con que el crítico desmenuza un texto literario. Se describe desde el momento en que el deporte daba sus primeros pasos en la isla y se le acompaña en su dilatada y fértil carrera donde quiera que los cubanos llevaron su pasión por el béisbol, campeonato a campeonato y a veces juego a juego y jugada a jugada. Llegará el momento en que el propio autor irrumpa en la trama reconstruyendo sus propios recuerdos de la pasión que lo ha acompañado durante toda su vida. La dimensión más amplia del libro proviene en primer lugar de las posibilidades que encerraba la historia del pasatiempo nacional como vía de conocimiento heterodoxa y fecunda de nuestra historia y nuestra cultura. La intuición y despliegue de esas posibilidades es uno de los mayores méritos del libro al devolvernos toda la riqueza que escondía lo que hasta ahora veíamos sólo como un deporte,o, si acaso, como una de nuestras más ecuménicas formas de diversión.

Muchas veces le he escuchado a un extranjero la pregunta de por qué los cubanos habíamos adoptado como pasatiempo nacional un deporte tan poco difundido internacionalmente. Se pasaba de la curiosidda a la intriga cuando a seguidas se preguntaban cómo el deporte paradigmático de los norteamericanos había conservado su condición de privilegio en Cuba después del arribo de un régimen, el castrista, que había convertido la isla en uno de los símbolos universales del porno. Preguntas así hubieran debido ser sugerentes en más de un sentido. Sin embargo hasta ahora nunca había encontrado a nadie que decidiera responderlas con tanta seriedad. Y la respuesta ha devenido en una de las indagaciones más estimulantes que se hayan hecho nunca de nuestra historia política, social y cultural.

González Echevarría ha sabido ver que el béisbol podía ser un punto de partida invalorable no sólo para iluminar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos sino las relaciones entre Cuba y la modernidad y sobre cómo se ha ido pensando la nación a sí misma a lo largo del último siglo y medio. A la vista del libro ahora nos parece lógico que el béisbol cubano acompañara cada uno de los giros de la vida cubana tanto reflejando estos momentos como dejando su huella en ellos. Así el béisbol no apareció en Cuba como imposición foránea sino que fue un signo de distinción de las élites criollas que lo utilizaron para reafirmar su vocación de modernidad y marcar distancia frente a los signos de lo español que imperaban en la isla. De este modo, como nos explica el autor, el béisbol se abrió espacio en la isla en un curioso gesto que apelaba a un tiempo a la modernidad y la autoctonía haciendo comprensible y hasta lógica su interacción con otros símbolos contemporáneos de lo moderno y lo autóctono como la poesía modernista o el danzón que acompañaban la celebración de los partidos de béisbol. También el libro nos habla de un segundo momento en el que el deporte dejaría de ser un patrimonio de las élites criollas con el inicio de su profesionalización. Este hecho permitió la quiebra de las barreras raciales que existían en el béisbol cubano del XIX, barreras que sin embargo perdurarían en el béisbol amateur de la república. En esas primeras décadas del siglo XX el béisbol cumplirá un doble papel de reforzamiento de la identidad nacional frente a dos fenómenos que eran vistos con recelo: el intervencionismo norteamericano y la fortísima inmigración española (entre otras) de aquellos años. El béisbol servirá lo mismo para reforzar el orgullo nacional tras las victorias frente a equipos de las grandes ligas norteamericanas o para disputarle al fútbol, promovido por las sociedades de inmigrantes españoles, el favor de las masas. Pero también será el deporte el punto de encuentro de nativos e inmigrantes como se evidencia en el repaso que hace el autor a los nombres de los más destacados jugadores de la época. También se estudia el papel del béisbol como promotor de símbolos de identificación nacional ya sea en forma de jugadores o de equipos; y el papel de este deporte como representante de la complicada intimidad con sus vecinos del norte que lejos de concluir con la revolución de 1959 se reforzaría después de esta. La posición privilegiada del béisbol en Cuba hasta la actualidad es uno de los síntomas más claros de la dependencia de la isla respecto a Estados Unidos. El béisbol como signo de modernidad tal como se esgrimía en los finales del siglo XIX no debía ocultar la identificación entre modernidad y cultura norteamericana y su relación de dependencia con esta. Si, por ejemplo, el texto nos muestra como el béisbol cubano tenía la suficiente potencia económica para establecer poderosos equipos que podían importar jugadores de las mismísimas ligas mayores también nos habla de la inestabilidad que durante años marcó los campeonatos cubanos o de la incapacidad del béisbol cubano para resistir las presiones de las propias ligas mayores norteamericanas. Si el castrismo alguna vez pretendió superar la dependencia económica y política con Estados Unidos si de béisbol se trata no hizo más que reforzar su dependencia simbólica: cada victoria sobre la selección norteamericana se vivía como una prueba de superioridad sobre el enemigo yanki y cada derrota como una catástrofe nacional.

No pretendo aquí condensar el contenido de un libro tan voluminoso cargado con información generalmente ignorada que requiere de una lectura atenta para empezar a establecer su significación y comprender su alcance. Sólo quiero reiterar con estos ejemplos la variedad de informaciones y análisis que González Echevarría pone en juego para hacer avanzar los argumentos centrales de su libro. Factores económicos, sociales, políticos o étnicos demuestran no sólo no ser ajenos a la evolución del deporte sino que a su vez son vistos en una nueva perspectiva que es la del punto de encuentro en que deviene la historia del béisbol cubano. Y añado algo no menos importante: frente a las historias del béisbol que la conciben como un antes y un después de 1959, (fecha de violentos cambios que afectaron al béisbol entre tantas otras cosas,) para después ignorar ese antes o después, González Echevarría opta por verla como una historia única aunque no deje de notar el fuerte impacto, en buena parte negativo, que ha tenido el castrismo sobre el béisbol cubano.

Para terminar quisiera llamar la atención sobre un valor para mí fundamental de este libro. Los últimos años han sido testigos de una necesaria y brillante crítica del nacionalismo cubano “duro” al que ha apelado una y otra vez el régimen cubano para legitimarse. Como antídoto ensayistas como Rafael Rojas han formulado la idea de un patriotismo suave. The Pride of Havana podría verse también como una de las propuestas de ese patriotismo suave. Y no sólo me refiero a los datos que aporta para por ejemplo, cuestionar la idea de una nación que encuentra su sentido en el enfrentamiento a los Estados Unidos. (Estos datos pueden ir desde la participación de jugadores norteamericanos en las ligas cubanas o el caso inverso, el de la participación de cubanos en las ligas norteamericanas y su exaltación como ídolos nacionales.) Me refiero también a la sustancia y forma generales del libro que dibuja de un modo distinto, “suave”, el rostro de la nación. Por un lado la conjunción de un tema “leve” como se supone que sea el béisbol, con su riguroso método de análisis sienta pautas sobre como deberán atenderse muchas áreas de la cultura nacional tradicionalmente marginadas. Por otra parte el texto socava las jerarquías de los hechos que tradicionalmente conforman la historia nacional en función de la historia del béisbol. Si el poder cubano se ha servido abusivamente del deporte en general y del béisbol en particular para enardecer al cubano de a pie luego ha marginado la historia del béisbol al punto de no sólo excluirla de los grandes relatos de la nación sino que incluso puede percibirse una notoria ausencia de textos que describan la evolución del deporte en las últimas décadas. Conscientemente o no, el procedimiento del autor ha ido a contrapelo de este desdén utilitario. Al situar al béisbol en el centro de la nación repitiendo los éxitos y tropiezos de esta, relativiza los discursos duros y nos ofrece a cambio una posibilidad de discurso con la que podremos conciliarnos mejor. El béisbol en lo adelante no sólo serán un motivo de orgullo (tan obstinado como relativo) sino de también de reflexión. El erudito con corazón de pelotero no sólo nos devuelve íntegra la historia que otros habían intentado fracturar. También nos devuelve otra posibilidad de país y algo así nunca sabremos agradecérselo bastante.

 

Enrique del Risco