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Clarice Lispector y la soledad que tiene sexo

“Soledad”. Esa es la primera palabra que viene a la mente no bien se ha avanzado unos pasos en la obra de Clarice Lispector. No creo que ningún otro concepto sirva de referencia común a toda su obra como este. Joanna, la protagonista de su novela inicial Perto do coraçao selvajem es en sí un arquetipo de la soledad humana. Huérfana de madre pierde también a su padre y debe ir a vivir con una tía que le es ajena y de algún modo repugnante. He dicho arquetipo y sin embargo hay algo que difiere del arquetipo. La soledad de Clarice Lispector tiene sexo y en este como en muchos casos es femenino. Si apeláramos a las analogías bíblicas tan caras a Lispector nos encontramos con que la mujer desde su origen tiene un impedimento para experimentar su soledad. Cuando apareció en este mundo ya el hombre estaba allí para hacerle compañía. O más bien: la mujer acorde al Génesis fue creada para hacerle compañía al hombre, para combatir su soledad. “Y dijo Jehová Dios: no es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea para él.” (Génesis.2.18) De algún modo la obra de Lispector parece encaminada a cuestionar ese plan divino. Si al hombre puede parecerle suficiente la compañía de la mujer, con la mujer parecen decirnos sus personajes femeninos, no ocurre lo mismo. La aspiración divina de que hombre y mujer fuesen “una sola carne” ha sido frustrada como tantas otras cosas. La soledad, parece decirnos Lispector es indestructible. Otra conclusión puede derivarse del relato bíblico. La mujer que nunca ha conocido la soledad absoluta está menos preparada para afrontarla, o al menos preparada de modo distinto. Traída al mundo ya poblado por el hombre como “dama de compañía”, Eva nunca conoció la soledad.
Del inicio de la historia humana según el relato bíblico se pueden extraer una serie de conclusiones. Una de ellas es el propio reconocimiento por parte del creador de que “no es bueno que el hombre este solo”. Otra es que en esa condición de la mujer como acompañante está implícita para la mujer la imposibilidad de su soledad o al menos cierra el camino de su conciencia.
El relato bíblico marca una pauta, distribuye papeles. El hombre como protagonista deberá ser complementado, redimido de su soledad. La mujer es el sujeto complementario que deberá proporcionar su compañía en principio con su presencia y luego a través de su función reproductora. Sobre este relato fundacional de la soledad y la relación que desempeña respecto a esta la mujer, puede inscribirse buena parte de la obra.
La soledad puede definirse de dos formas diametralmente opuestas. La más común de ellas tal y como aparece en cualquier enciclopedia define a la soledad como “carencia voluntaria o involuntaria de compañía”. Nótese que más allá de la voluntariedad se impone una marca negativa, la de la carencia. Experimentar la soledad significaría por tanto añorar una compañía. En otras de las acepciones de diccionario se define a la soledad como “pesar y melancolía por la ausencia, muerte o pérdida de persona o cosa”. No en balde la familiaridad fonética y etimológica entre la palabra española “soledad” y la portuguesa “saudade”, añoranza. Cabe entonces preguntar qué podía añorar el Adán bíblico antes de haber conocido compañía alguna. Se trata de un modo implícito de aludir la pertenencia previa del ser humano a un todo al que automáticamente se comienza a añorar una vez afrontada la existencia como individuo. La aparición del Ser coincide con la conciencia de su ruptura, con la asunción de la diferencia. Como tan bien resume Jose Luis Pardo en su libro La metafísica: la historia que el mito cuenta es, a pesar de todo, siempre la historia de una ruptura cosmológica y también ontológica: narra cómo, en el momento prístino del origen del cosmos, se produjo la diferencia en el ser y este se separó de sí mismo: lo masculino de lo femenino, lo crudo y lo cocido, los dioses y los mortales, los hombres y las bestias, la noche y el día, la miel y las cenizas… aquello que era originariamente sólo Uno se partió en Dos. En este sentido el mito es la conciencia de la diferencia, conocimiento de la escisión. Esa escisión originaria es el camino que el ser tomó para hacerse perceptible a los hombres, el devenir sensible del ser.(Pardo.32)

Dicho de otro modo, lo que el mito indica es el origen de la soledad a través de la escisión del ser y explica las razones de la añoranza que implica esa soledad, esa escisión: la añoranza por ese “no-tiempo antepasado en el que todo –lo masculino y lo femenino, el día y la noche- estaba junto” (Ibid.33) Hemos hablado de dos modos de concebir la soledad. El segundo sería el que la concebiría de un modo positivo. La aparición de la diferencia señala a su vez la aparición del tiempo histórico pero si por una parte el tiempo es visto como “signo del olvido y la caída, significante de la escisión” por otra parte el tiempo es la “ocasión posible para la reunión de lo escindido, la rememoración (anamnesis) de la unidad.” (Ibid.43) La soledad adquiriría así una función cognoscitiva y en algún sentido liberadora. El individuo, resultado de la escisión del Ser originario y de la diferenciación de otros individuos, una vez reconocida esa diferencia, (es decir, su soledad,) intentará recomponer esa unidad y a través de ese esfuerzo de recomposición adquirir su propio valor en tanto individuo.

Ambas versiones de la soledad las encontramos en la obra de Clarice Lispector. Las tan comentadas epifanías que recurrentemente aparecen en su obra son en buena parte de los casos la adquisición de la conciencia de la soledad, (femenina por más señas). Con esta conciencia aparecerá con frecuencia la asunción del propio valor del individuo en cuestión, su capacidad de conocerse a sí mismo y el sistema de relaciones que lo rodean y atan, que no alcanzan sin embargo para mantenerlo a salvo de esa soledad. La solución a esa sensación de abandono no será necesariamente la desesperación o el temor aunque ello muchas veces ocurre en las historia que la autora nos cuenta.

Con frecuencia los personajes de Lispector, ya sean femeninos o masculinos, se ven sorprendidos en medio de sus rutinas por la revelación de la soledad. Poco o nada preparados para ello, se sienten desasosegados y retroceden ante ella poco menos que espantados. Un caso especialmente curioso ocurre en el cuento “Os laços de família” que da título a la colección de cuentos que lo incluye. En él, el esposo, entregado a la lectura de un libro ve de pronto marcharse a su esposa y a su hijo y se siente de pronto asaltado por la soledad. Era sábado, día que de acuerdo a las convenciones de la casa, era suyo, es decir, un espacio para disfrutar en soledad pero una vez conseguida esta, le asalta el temor. “Porque sábado era seu, mas ele queria que sua mulher e seu filho estivessen em casa enquanto ele tomaba o seu sábado” (Lispector.1982.116). El hombre en este caso, a primera vista autosuficiente (“um marido moço e cheio de futuro”) (Ibid.118) comprende su dependencia, sus “lazos de familia” con su mujer y su hijo, esos que en apariencia están llamados a depender de él. Esa dependencia se le revela de un modo aterrador y le revela de paso su indefensión ante la soledad. De ahí que imagine que ambos se fugan y el mundo que ha construido donde “tudo corria bem” revela su debilidad, su falsa cohesión.

Otras veces los personajes conseguirán imaginar una relación distinta con el mundo y de algún modo liberadora. Un caso notable es el de la propia Joana en el ya citado Perto do coraçao selvagem. Al morir su padre ella debe marchar a la casa de la tía. Esta le resulta repugnante en extremo, tanto físicamente como por su insistencia en tratarla como una huérfana. En cuanto puede huye hacia el mar cercano. El contraste entre la niña y la inmensidad del mar refuerza su nueva soledad. Esa sensación de soledad no consigue, sin embargo, atemorizarla del todo. La soledad le trae una revelación que le resulta difícil explicarse a sí misma de repente, assim, sem esperar, sentiu uma cosa forte dentro de si mesma, uma coisa engraçada que fazia com que ela tremesse um pouco. Mas nao era frio, nem estava triste, era uma coisa grande que vinha do mar, que vinha do gosto de sal na boca, e dela, dela própia. Nao era tristeza, uma alegria quase horrível (luego, al dejarse mojar por el mar) Sua felicidade aumentou, reuniu-se na garganta como um saco de ar. Mas agora era uma alegria séria, sem vontade de rir. Era uma alegria quase de chorar, meu Deus. Devagar veio vindo o pensamento. Sem medo, nao cinzento e choroso como viera até agora, mas nu e calado embaixo de sol como areia branca. Papai marreu. Agora sabia mesmo que o pai morrera.

La revelación del por qué de esa contradictoria reacción aparece unas líneas más abajo cuando en medio de las sensaciones corporales que le producen el mar y la arena arriba a una conclusión: “Eu sou uma pessoa”. Lo que sigue es una reflexión sobre el propio acto de pensar repitiendo a escala personal el tránsito ya apuntado de desgajamiento- individuación-pensamiento metafísico que intenta recomponer la escisión. De cualquier modo hay una diferencia con la transición seguida por la filosofía occidental. De trata en esta caso de una niña, es decir, de alguien que no está llamado a experimentar esa escisión de forma tan dramática y temprana. Una niña queda protegida de la soledad mediante el tránsito del entorno familiar al de su marido. Sin embargo para hacer verosímil esta experiencia de la soledad y del conocimiento la autora ha interrumpido el tránsito “natural” de padres a esposo haciendo de ella una huérfana. Así, el día de la muerte del padre, en lugar de la previsible tristeza y anonadamiento descubre o reafirma su propia individualidad y sus mecanismos de pensamiento y conocimiento. “Ela era uma pessoa que já começara, pois. Tudo isso era impossível de explicar, como aquela palavra “nunca”, nem masculina nem feminina. Mas mesmo asim ela nao sabia quando dizer “sim”? Sabia. Oh, ela sabia cada vez mais. Por ejemplo, o mar. o mar era muito”.(Ibid.34) Por supuesto que esa misma adquisición de conocimiento es conflictiva y el conocimiento al que se refiere (“o mar era muito”) puede parecer risible quizás en una especie de parodia filosófica donde afirmaciones tan ridículas como esa (“Yo soy Sócrates”) dan pie a profundas disquisiciones. Lo importante en este caso es la relación entre la experiencia de la soledad (y la compleja relación de abandono-liberación respecto a la muerte del padre) que la sitúa a las puertas de un nuevo universo donde no podrá contar más que consigo misma. Siente miedo, sí (“O que medo, que medo. Mas no era só medo”) pero hay algo más. “Porém nao era só medo. Nao tenho nada que fazer também, nao sei o que fazer também”. Esto último, la carencia de roles al caer en esa tierra de nadie en que la protagonista ha perdido la familia y todavía no tiene esposo ofrece un motivo adicional de desasosiego –respecto a un hombre en su misma situación- y eso nos puede servir de clave para explorar la importancia específica del proceso de femenización de la soledad que lleva a cabo Lispector en su obra.

¿Por qué las protagonistas de esta aventura de la soledad son casi siempre mujeres en la obra de Lispector? La respuesta más obvia, Lispector es una mujer y por tanto le ineteresan el primer lugar los problemas relativos a las mujeres tiene el defecto de todas las cosas obvias: no van más allá de sí mismas de puro suficientes. Habría entonces que reformular la pregunta. ¿Por qué Lispector se empeña en encarar el tema de la soledad desde una óptica femenina? Como hemos visto, tal y como entendemos la soledad, puede englobar cuestiones ontológicas y gnoseológicas fundamentales pero adquiere en el caso de la mujer una connotación específica. Con el eje que Lispector traza entre esos dos puntos (mujer-soledad) no solo aporta una visión femenina al tema de la soledad –y con ello cuestiona el modo neutro con que usualmente se le trata- sino que se vale de la soledad para urgar en cuestiones esenciales de lo femenino. Su visión se puede calificar como integradora desde la diferencia. Intenta por un lado integrar lo femenino a las indagaciones sobre el ser y el conocimiento y al mismo tiempo modifica las preguntas que hace sobre el tema. La pregunta del modo en que el individuo se distingue a sí mismo y como enfrenta su relación con el todo –y define su sitio en el mundo- resulta modificada por el cuestionamiento de la propia noción de individuo. Esto no quiere decir que Lispector haya descubierto la soledad femenina ni mucho menos. Jo Anne Pagano hace esta generalización tomando como ejemplo entre otras la novela Jane Eyre: “Women´s stories are different from´m men´s. in women´s fiction, isolation is often the condition wich the female must overcome in order to achieve identity”. (Pagano. 50)
Lispector no da por descontado la existencia de un individuo autónomo sino dependiente. Para que el individuo llegue a serlo deben preexistir roles que pueda asumir con una determinada autonomía. Y allí Lispector nos plantea el primer problema: los roles prioritarios tradicionalmente asignados a la mujer (hija, esposa, madre) la obligan a un grado de dependencia que complica su acceso a la condición individual. Dicho de otra forma, la mujer arriba a la soledad en desventaja al carecer de roles lo suficientemente fuertes para reemplazar a aquellos que hacían de ella un sujeto dependiente. De ahí que en sus historias estarán mejor preparadas para lidiar con su soledad (y para la conciencia de la soledad se convierta en individuación) aquellas que se hayan agenciado de roles independientes como es el caso de Joana (escritora) o G.H. (escultora).
La tragedia de la gallina en el cuento “Uma galinha” resume este problema. La gallina escapa a su destino de ser sacrificada para la cena dominical gracias a que huye literalmente y finalmente pone un huevo, es decir, asume el papel de madre. Pero ese papel tiene en el destino fijado de la gallina una duración y por tanto un valor relativo. Al no darle a su fuga otro sentido que el de iniciarse en otro de los papeles previstos finalmente es atrapada por la fuerza de la costumbre que en este caso consiste en servir como cena dominical tiempo después.
Así el individuo, como abstracción que engloba a hombres y mujeres, resumido en la solución acomodaticia de que hombre equivale para designar al género humano, aparece en la obra de Lispector como una trampa de la que logran escapar sólo las que mejor preparadas están para ello. Lo que hoy puede parecernos un lugar común no lo era tanto en la década de los 60 y 70 cuando por ejemplo en una antología norteamericana de estudios sicológicos sobre la soledad (The anatomy of loneliness.1980) nos encontramos evidencias tan curiosas como la siguientes. En el capítulo dedicado a la soledad en la vejez casi no aparecen casos sobre mujeres. Para el que quisiera encontrar un caso similar tendría que remitirse al capítulo de la soledad de la viudez. Y curiosamente ambos capítulos están firmados por mujeres. Es un modo de decir que la mujer anciana sólo tiene derecho a la soledad, al menos como ente analizable, sólo cuando enviuda, es decir, cuando pierde su lazo de dependencia mientras que en caso de los hombres el acceso a la soledad se da por descontado sin la necesidad de pasar por el trámite de la viudez.
Esto nos sirve para introducir un poco tardíamente el motivo principal de nuestro trabajo que es el análisis de dos cuentos de Clarice Lispector. Estos cuentos son “A procura de uma dignidade” y “A partida do trem”. Ambos relatos tienen algo en común. Aquí la soledad no sólo tiene sexo –femenino- sino que además tiene edad – la tercera. Para los amantes de explicar cada uno de los giros en la obra literaria de un autor sólo a partir de la biografía del autor deducirán que al enfrentarse a la cincuentena es lógico que Lispector empezara a plantearse trabajar con protagonistas ancianas (supongo que estos mismos intérpretes cuando se tratase de determinar la atracción de Lispector hacia historias de huevos y gallinas buscarían la explicación en las encarnaciones anteriores de la autora). Sin descartar la posibilidad anterior creo que Lispector en algún momento descubrió las posibilidades que le ofrecían las ancianas para proseguir en las indagaciones acerca de la soledad. De cualquier modo la soledad en las ancianas de estos cuentos ofrece un matiz distinto sobre el tema de la soledad y lo femenino. Sociológicamente consideradas, estas ancianas pertenecían a generaciones en que el cumplimiento de los roles dependientes de madre y esposa era mucho más estricto y la soledad por tanto podía producir efecto mucho más devastadores. Por otro lado, el agotamiento de la vida, la propia merma biológica y la reducción de la esfera de contactos sociales hace de la tercera edad una estado mucho más expuesto y con opciones más reducidas.
La señora Xavier, protagonista de “A procura de uma dignidade”, es una anciana que de pronto se haya perdida en los pasillos del famoso estadio Maracaná. ¿Qué hace ella allí? Está perdida. Sin darse cuenta ha entrado en el estadio buscando una sala de conferencias para asistir a algún tipo de evento cultural. No sabremos de qué trata el evento pues a la protagonista tampoco le interesa mucho. Pronto nos daremos cuenta que la conferencia que busca tan tenaz como infructuosamente no es más que un pretexto para hacer vida social. De vuelta a casa (el esposo se halla en otra ciudad en un impreciso viaje de negocios) debe enfrentarse a lo que le ha estado huyendo toda la tarde: su propia soledad. Es allí frente a la soledad donde se procura otra vía de escape: pensar en un cantante de moda, el cantante Roberto Carlos a cuyo idilio imaginario renuncia al darse cuenta de que la soledad que enfrenta es más poderosa que las salidas que le proporciona su imaginación.
La anciana Doña María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo es la coprotagonista del cuento “A partida do trem”. Aquí su soledad se verá contrastada con la de una mujer más joven que ella, Angela Pralini. Ambas toman el mismo tren que las llevará a destinos distintos. El viaje en el tren se convertirá entonces en una trama muy del gusto de Clarice Lispector, un ir y venir entre las subjetividades de ambos personajes. La anciana va desde la casa de su hija, empleada en relaciones públicas de alguna compañía hasta la hacienda de su hijo. Huye de algún modo de la relación seca y fría que tiene con su hija en busca de la compañía que supone que su hijo le proporcionará. Angela en cambio escapa de una compañía, la de su novio Eduardo, un hombre genial según lo describe ella pero cuya tensión intelectual, el deseo de brillar en su círculo de amigos y su universidad la apabulla. Escapa hacia la naturaleza donde se siente más a gusto. Aunque su destino es muy similar al de Doña Maria Rita, una hacienda familiar, en realidad los planes de Angela se forjan en torno a inmersiones solitarias en la naturaleza. La anciana huye de la soledad, la joven va en busca de ella. Lo que para una es una especie de enfermedad para la otra representa la esperanza de una cura.
¿Enfermedad o cura? Ahí radica el principal dilema que representa para Lispector el tema de la soledad en estos y otros cuentos. La respuesta ha de ser necesariamente compleja. Acá tenemos tres versiones (femeninas) de la soledad. Dos ancianas, Doña Maria Rita, viuda y la Sra. Xavier todavía casada. Sin embargo la ausencia momentánea (Sra Xavier) o definitiva (Maria Rita) del esposo causa un efecto similar: el de una soledad profunda e irreparable. Aunque debo desdecirme. De algún modo ambas experimentan la soledad de modo distinto. Si por un lado la viuda rehúsa constantemente a considerarse sola (“Mas nunca lhe passara pela cabeça que era uma solitária” –reflexiona- “Só que nao tinha nada para fazer”(Lispector.1974.34) la señora Xavier sorprendida de modo momentáneo por su propia soledad se da el lujo de sumergirse en ella, tantearla, sopesarla. Ese no “tener qué hacer” las vuelve a igualar sin embargo. La señora Xavier “fez rapidamente a compra e viu-se na rua já escurecida sem ter o que fazer. Pois o Sr. Jorge B. Xavier viajara para Sao Paulo no dia anterior e só voltaria no dia seguinte”(Ibid.37). Cuando el tiempo a rellenar es apenas un día se puede adoptar una solución de emergencia como la señora Xavier: buscar una letra de cambio cuyo significado apenas entiende (“O pouco que entendia era que aquele papel representava dinheiro”(Ibid.18)), pensar en un ídolo televisivo. Pero en cambio cuando se tiene la soledad acechando el resto de la vida, como en el caso de Maria Rita, uno no se puede dar esos lujos.
Hay un párrafo en el cuento “A partida do trem” sumamente revelador y que a la vez justifica mi intento de evaluar a estos tres personajes en un mismo plano. Es aquel en que Angela Pralini reflexionando sobre Maria Rita acude a la historia de “A procura de uma dignidade”. Se trata de un caso de intertextualidad impúdica:
A velha era anónima como uma galinha como tinha dito uma tal Clarice falando de uma velha despudorada, apaixonada por Roberto Carlos. Essa Clarice incomodava,. Fazia a velha gritar: tem! Que! Haver! Uma! Porta ! de saííída! E tinha mesmo. Por exemplo, a porta de saída dessa velha era o marido que voltaria no dia seguinte, eram as pessoas conhecidas, era a sua empregada, era a prece intensa e frutífera diante do desespero. Angela se disse como se se mordesse raivosamente: tem que haver uma porta de saída. Tanto para mim como para dona Maria Rita.44
Ese argumento resulta sin embargo engañoso y toda la obra de Clarice Lispector parece dedicada a demostrarlo. Los otros no serán nunca compañía suficiente, no son una puerta de salida. Más bien sólo sirven para entorpecer esa búsqueda. La soledad que percibe la señora Xavier no es más que la acentuación de un estado permanente. La soledad evidente, la ausencia temporal del esposo se convierte en la confirmación de una soledad más profunda. Por eso la señora Xavier “Numa fraçao de fugitivo segundo quase inconsciente vislumbrou que todas as pessoas sao anonimas. Porque ninguém é o outro e o outro nao conhecia o outro. Entao- entao a pessoa é anonima”(Ibid.21) Ese anonimato, ese descubrimiento de que en el fondo todos somos unos desconocidos para los otros, parece decirnos Lispector, es el inicio del camino hacia la puerta de salida que reclama la señora Xavier. No somos intercambiables: “cada um era único”(Ibid.19). De ahí que esa puerta de salida sea también única y sólo podamos contar con nosotros mismos para alcanzarla. “Quando se trata da vida mesmo- quem nos ampara? –se pregunta Maria Rita, la anciana de “A partida do trem”- E cada vida tem que ser amparada por essa própia vida desse cada-um. Cada um de nós: eis com que contamos”(Ibid.34)
Hacer un viaje tan escabroso y arriesgado en solitario infunde temor, un temor que reclama a gritos justamente aquello en lo que hemos perdido las esperanzas: la compañía de otros seres. De ahí que la señora Xavier se forje una compañía imaginaria, inalcanzable: la de la estrella televisiva Roberto Carlos para al final renunciar a ella. Y he ahí el dilema de la soledad, o para decirlo mejor, el de la libertad, ya que Lispector se empeña en mostrarnos esos términos como intercambiables. Es algo que sólo podemos alcanzar plenamente (y disfrutar) a solas pero el temor que nos infunde nos lleva a rechazarla y buscar refugio en lo contrario: la compañía, la dependencia.
Sin embargo encontramos en “A partida do trem” que esta situación aparentemente sin salida puede tenerla. Angela Pralini es el prototipo de una nueva posibilidad. Perteneciente a otra generación se considera asimisma menos dependiente y afronta una posibilidad impensable para su compañera de viaje. Voluntariamente renuncia a la compañía de su amado Eduardo, una compañía demasiado opresiva que la ha obligado a ocultarse a sí misma, a esconder sus verdaderos gustos ya sea por los cómics o por la revista Selecciones o por los placeres sensoriales más que intelectuales.
Sou vulgar, Eduardo! E saiba que gosto de ler histórias de quadrinhos, meu amor, oh meu amor! Como te amo e como amo os teus terríveis malefícios, ah como te adoro, escrava tua que sou. Mas eu sou física, meu amor, eu sou física e tive que esconder de ti a glória de ser física. E voce que é o propio fulgor do raciocínio, embora nao saiba, era alimentado por mim. Voce, superintelectual e brilhante e deixando todos admirados e boquiabertos.(Ibid.38)
Angela Pralini cuenta con una ventaja sobre sus predecesoras. Para ella, en menor medida que para estas, resulta más fácil esquivar el destino fatal de madre y esposa como único medio de darle sentido a su vida. Sin embargo, como ya hemos apuntado anteriormente, aún son débiles las posibilidades de asumir roles distintos.