Es momento de Embarcarse a Cuba
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“Jugando en serio: The Pride of Havana” de Roberto González Echevarría.

No se trata en este caso de apremiar a la lectura de un libro acabado de salir de las prensas. Con más de dos años de publicado The Pride of Havana, la erudita historia del béisbol cubano escrita por el conocido crítico literario Roberto González Echevarría, no requiere tales urgencias. No se trata de invitar a leer un libro que ya cuenta con abundantes lectores sino de inducir a cierto modo de lectura que sitúe el texto en el sitio que merece y lo que es más importante, que nos sitúe a sus lectores en una relación más fecunda con el texto y (a través de este) con todo lo que alude. Porque de eso se trata. De reconocer en este libro no sólo una amena y bien informada historia de nuestro pasatiempo nacional sino de una de las más sagaces y fructíferas inmersiones en nuestra cultura nacional, digna de figurar en la reconocida genealogía de textos canónicos de lo nacional como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar e Indagación del choteo.

Pienso en el idioma y el tema como las posibles razones por las que hasta ahora no se haya insistido en esta filiación, esta dimensión del libro aludido. El que todavía no haya aparecido en español y la consiguiente limitación de los lectores potenciales que pudieran insertar el libro en un contexto adecuado es una explicación plausible pero insuficiente. Pienso en cambio que el béisbol, aunque es pasión compartida por muchos intelectuales cubanos lo es sin embargo de una manera vergonzante, como algo poco digno de hacerse público y menos de mezclarlo con reflexiones de más alcance. De nada vale que un Mañach con todo y su fama de aristócrata de las letras haya dedicado una de sus reflexiones más famosas al choteo y de allí extraído conclusiones que todavía discutimos. El béisbol ha sido en Cuba vehículo de pasiones, no de ideas, y era relativamente lógico que se viese el esfuerzo de González Echevarría, autor tan respetado en otros campos, como el capricho de un conocido intelectual que ha decidido darle forma pública a una pasión que otros llevamos con más discreción. Por allí aparece una poco atendida enfermedad intelectual cubana: la que obliga a los intelectuales, demasiado imbuidos de su importancia a preocuparnos más por distinguir qué resulta digno o indigno de nuesro análisis que a separar los análisis legítimos de los ilegítimos.

Basta abrir el libro, sin embargo para percibir que se trata de algo bien distinto al capricho de académico aburrido. Carece por ejemplo del principal atractivo para el aficionado de esquina que echa mano al libro para resolver una enconada discusión: las estadísticas (que sin embargo según el autor serán incluidas en una posible versión del libro en castellano). Las más de 400 páginas de texto, más el extenso cuerpo de notas y bibliografía son indicios para sospechar la envergadura real de la obra pero lo definitivo será como siempre zambullirse en sus páginas. Allí ese ser escindido que muchos intelectuales cubanos llevan dentro (estudioso de un campo determinado del saber y aficionado a la pelota) encuentra feliz síntesis en el libro de González Echevarría. El erudito aporta el rigor y el aficionado la pasión para empujarnos a un revelador recorrido por la historia nacional de ese deporte y sus múltiples interconecciones con el resto de la vida del país en cualquiera de sus manifestaciones. No debemos olvidar que el autor no es un intelectual cualquiera que ha decidido de pronto escribir sobre béisbol. Se trata de uno de los más versátiles y audaces críticos literarios de la lengua, capaz de hablar con la misma propiedad de literatura renacentista española que de las novelas latinoamericanas del boom. Ahora se trataría de intentar una audacia mayor en cuanto menos comprensible, pero ha sacado tanto partido a su doble condición de crítico literario y fanático del béisbol que cabría preguntarse si en sus textos sobre el barroco no alienta la vehemencia del aficionado a la pelota.

No debemos sin embargo desnaturalizar el esfuerzo de González Echevarría. Se trata ante todo de una minuciosa y bien documentada historia de los avatares del deporte entre los cubanos durante casi siglo y medio contada con el mismo rigor con que el crítico desmenuza un texto literario. Se describe desde el momento en que el deporte daba sus primeros pasos en la isla y se le acompaña en su dilatada y fértil carrera donde quiera que los cubanos llevaron su pasión por el béisbol, campeonato a campeonato y a veces juego a juego y jugada a jugada. Llegará el momento en que el propio autor irrumpa en la trama reconstruyendo sus propios recuerdos de la pasión que lo ha acompañado durante toda su vida. La dimensión más amplia del libro proviene en primer lugar de las posibilidades que encerraba la historia del pasatiempo nacional como vía de conocimiento heterodoxa y fecunda de nuestra historia y nuestra cultura. La intuición y despliegue de esas posibilidades es uno de los mayores méritos del libro al devolvernos toda la riqueza que escondía lo que hasta ahora veíamos sólo como un deporte,o, si acaso, como una de nuestras más ecuménicas formas de diversión.

Muchas veces le he escuchado a un extranjero la pregunta de por qué los cubanos habíamos adoptado como pasatiempo nacional un deporte tan poco difundido internacionalmente. Se pasaba de la curiosidda a la intriga cuando a seguidas se preguntaban cómo el deporte paradigmático de los norteamericanos había conservado su condición de privilegio en Cuba después del arribo de un régimen, el castrista, que había convertido la isla en uno de los símbolos universales del porno. Preguntas así hubieran debido ser sugerentes en más de un sentido. Sin embargo hasta ahora nunca había encontrado a nadie que decidiera responderlas con tanta seriedad. Y la respuesta ha devenido en una de las indagaciones más estimulantes que se hayan hecho nunca de nuestra historia política, social y cultural.

González Echevarría ha sabido ver que el béisbol podía ser un punto de partida invalorable no sólo para iluminar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos sino las relaciones entre Cuba y la modernidad y sobre cómo se ha ido pensando la nación a sí misma a lo largo del último siglo y medio. A la vista del libro ahora nos parece lógico que el béisbol cubano acompañara cada uno de los giros de la vida cubana tanto reflejando estos momentos como dejando su huella en ellos. Así el béisbol no apareció en Cuba como imposición foránea sino que fue un signo de distinción de las élites criollas que lo utilizaron para reafirmar su vocación de modernidad y marcar distancia frente a los signos de lo español que imperaban en la isla. De este modo, como nos explica el autor, el béisbol se abrió espacio en la isla en un curioso gesto que apelaba a un tiempo a la modernidad y la autoctonía haciendo comprensible y hasta lógica su interacción con otros símbolos contemporáneos de lo moderno y lo autóctono como la poesía modernista o el danzón que acompañaban la celebración de los partidos de béisbol. También el libro nos habla de un segundo momento en el que el deporte dejaría de ser un patrimonio de las élites criollas con el inicio de su profesionalización. Este hecho permitió la quiebra de las barreras raciales que existían en el béisbol cubano del XIX, barreras que sin embargo perdurarían en el béisbol amateur de la república. En esas primeras décadas del siglo XX el béisbol cumplirá un doble papel de reforzamiento de la identidad nacional frente a dos fenómenos que eran vistos con recelo: el intervencionismo norteamericano y la fortísima inmigración española (entre otras) de aquellos años. El béisbol servirá lo mismo para reforzar el orgullo nacional tras las victorias frente a equipos de las grandes ligas norteamericanas o para disputarle al fútbol, promovido por las sociedades de inmigrantes españoles, el favor de las masas. Pero también será el deporte el punto de encuentro de nativos e inmigrantes como se evidencia en el repaso que hace el autor a los nombres de los más destacados jugadores de la época. También se estudia el papel del béisbol como promotor de símbolos de identificación nacional ya sea en forma de jugadores o de equipos; y el papel de este deporte como representante de la complicada intimidad con sus vecinos del norte que lejos de concluir con la revolución de 1959 se reforzaría después de esta. La posición privilegiada del béisbol en Cuba hasta la actualidad es uno de los síntomas más claros de la dependencia de la isla respecto a Estados Unidos. El béisbol como signo de modernidad tal como se esgrimía en los finales del siglo XIX no debía ocultar la identificación entre modernidad y cultura norteamericana y su relación de dependencia con esta. Si, por ejemplo, el texto nos muestra como el béisbol cubano tenía la suficiente potencia económica para establecer poderosos equipos que podían importar jugadores de las mismísimas ligas mayores también nos habla de la inestabilidad que durante años marcó los campeonatos cubanos o de la incapacidad del béisbol cubano para resistir las presiones de las propias ligas mayores norteamericanas. Si el castrismo alguna vez pretendió superar la dependencia económica y política con Estados Unidos si de béisbol se trata no hizo más que reforzar su dependencia simbólica: cada victoria sobre la selección norteamericana se vivía como una prueba de superioridad sobre el enemigo yanki y cada derrota como una catástrofe nacional.

No pretendo aquí condensar el contenido de un libro tan voluminoso cargado con información generalmente ignorada que requiere de una lectura atenta para empezar a establecer su significación y comprender su alcance. Sólo quiero reiterar con estos ejemplos la variedad de informaciones y análisis que González Echevarría pone en juego para hacer avanzar los argumentos centrales de su libro. Factores económicos, sociales, políticos o étnicos demuestran no sólo no ser ajenos a la evolución del deporte sino que a su vez son vistos en una nueva perspectiva que es la del punto de encuentro en que deviene la historia del béisbol cubano. Y añado algo no menos importante: frente a las historias del béisbol que la conciben como un antes y un después de 1959, (fecha de violentos cambios que afectaron al béisbol entre tantas otras cosas,) para después ignorar ese antes o después, González Echevarría opta por verla como una historia única aunque no deje de notar el fuerte impacto, en buena parte negativo, que ha tenido el castrismo sobre el béisbol cubano.

Para terminar quisiera llamar la atención sobre un valor para mí fundamental de este libro. Los últimos años han sido testigos de una necesaria y brillante crítica del nacionalismo cubano “duro” al que ha apelado una y otra vez el régimen cubano para legitimarse. Como antídoto ensayistas como Rafael Rojas han formulado la idea de un patriotismo suave. The Pride of Havana podría verse también como una de las propuestas de ese patriotismo suave. Y no sólo me refiero a los datos que aporta para por ejemplo, cuestionar la idea de una nación que encuentra su sentido en el enfrentamiento a los Estados Unidos. (Estos datos pueden ir desde la participación de jugadores norteamericanos en las ligas cubanas o el caso inverso, el de la participación de cubanos en las ligas norteamericanas y su exaltación como ídolos nacionales.) Me refiero también a la sustancia y forma generales del libro que dibuja de un modo distinto, “suave”, el rostro de la nación. Por un lado la conjunción de un tema “leve” como se supone que sea el béisbol, con su riguroso método de análisis sienta pautas sobre como deberán atenderse muchas áreas de la cultura nacional tradicionalmente marginadas. Por otra parte el texto socava las jerarquías de los hechos que tradicionalmente conforman la historia nacional en función de la historia del béisbol. Si el poder cubano se ha servido abusivamente del deporte en general y del béisbol en particular para enardecer al cubano de a pie luego ha marginado la historia del béisbol al punto de no sólo excluirla de los grandes relatos de la nación sino que incluso puede percibirse una notoria ausencia de textos que describan la evolución del deporte en las últimas décadas. Conscientemente o no, el procedimiento del autor ha ido a contrapelo de este desdén utilitario. Al situar al béisbol en el centro de la nación repitiendo los éxitos y tropiezos de esta, relativiza los discursos duros y nos ofrece a cambio una posibilidad de discurso con la que podremos conciliarnos mejor. El béisbol en lo adelante no sólo serán un motivo de orgullo (tan obstinado como relativo) sino de también de reflexión. El erudito con corazón de pelotero no sólo nos devuelve íntegra la historia que otros habían intentado fracturar. También nos devuelve otra posibilidad de país y algo así nunca sabremos agradecérselo bastante.

 

Enrique del Risco