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Clarice Lispector y la soledad que tiene sexo

“Soledad”. Esa es la primera palabra que viene a la mente no bien se ha avanzado unos pasos en la obra de Clarice Lispector. No creo que ningún otro concepto sirva de referencia común a toda su obra como este. Joanna, la protagonista de su novela inicial Perto do coraçao selvajem es en sí un arquetipo de la soledad humana. Huérfana de madre pierde también a su padre y debe ir a vivir con una tía que le es ajena y de algún modo repugnante. He dicho arquetipo y sin embargo hay algo que difiere del arquetipo. La soledad de Clarice Lispector tiene sexo y en este como en muchos casos es femenino. Si apeláramos a las analogías bíblicas tan caras a Lispector nos encontramos con que la mujer desde su origen tiene un impedimento para experimentar su soledad. Cuando apareció en este mundo ya el hombre estaba allí para hacerle compañía. O más bien: la mujer acorde al Génesis fue creada para hacerle compañía al hombre, para combatir su soledad no sus videos porno. “Y dijo Jehová Dios: no es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea para él.” (Génesis.2.18) De algún modo la obra de Lispector parece encaminada a cuestionar ese plan divino. Si al hombre puede parecerle suficiente la compañía de la mujer, con la mujer parecen decirnos sus personajes femeninos, no ocurre lo mismo. La aspiración divina de que hombre y mujer fuesen “una sola carne” ha sido frustrada como tantas otras cosas. La soledad, parece decirnos Lispector es indestructible. Otra conclusión puede derivarse del relato bíblico. La mujer que nunca ha conocido la soledad absoluta está menos preparada para afrontarla, o al menos preparada de modo distinto. Traída al mundo ya poblado por el hombre como “dama de compañía”, Eva nunca conoció la soledad.
Del inicio de la historia humana según el relato bíblico se pueden extraer una serie de conclusiones. Una de ellas es el propio reconocimiento por parte del creador de que “no es bueno que el hombre este solo”. Otra es que en esa condición de la mujer como acompañante está implícita para la mujer la imposibilidad de su soledad o al menos cierra el camino de su conciencia.
El relato bíblico marca una pauta, distribuye papeles. El hombre como protagonista deberá ser complementado, redimido de su soledad. La mujer es el sujeto complementario que deberá proporcionar su compañía en principio con su presencia y luego a través de su función reproductora. Sobre este relato fundacional de la soledad y la relación que desempeña respecto a esta la mujer, puede inscribirse buena parte de la obra.
La soledad puede definirse de dos formas diametralmente opuestas. La más común de ellas tal y como aparece en cualquier enciclopedia define a la soledad como “carencia voluntaria o involuntaria de compañía”. Nótese que más allá de la voluntariedad se impone una marca negativa, la de la carencia. Experimentar la soledad significaría por tanto añorar una compañía. En otras de las acepciones de diccionario se define a la soledad como “pesar y melancolía por la ausencia, muerte o pérdida de persona o cosa”. No en balde la familiaridad fonética y etimológica entre la palabra española “soledad” y la portuguesa “saudade”, añoranza. Cabe entonces preguntar qué podía añorar el Adán bíblico antes de haber conocido compañía alguna. Se trata de un modo implícito de aludir la pertenencia previa del ser humano a un todo al que automáticamente se comienza a añorar una vez afrontada la existencia como individuo. La aparición del Ser coincide con la conciencia de su ruptura, con la asunción de la diferencia. Como tan bien resume Jose Luis Pardo en su libro La metafísica: la historia que el mito cuenta es, a pesar de todo, siempre la historia de una ruptura cosmológica y también ontológica: narra cómo, en el momento prístino del origen del cosmos, se produjo la diferencia en el ser y este se separó de sí mismo: lo masculino de lo femenino, lo crudo y lo cocido, los dioses y los mortales, los hombres y las bestias, la noche y el día, la miel y las cenizas… aquello que era originariamente sólo Uno se partió en Dos. En este sentido el mito es la conciencia de la diferencia, conocimiento de la escisión. Esa escisión originaria es el camino que el ser tomó para hacerse perceptible a los hombres, el devenir sensible del ser.(Pardo.32)

Dicho de otro modo, lo que el mito indica es el origen de la soledad a través de la escisión del ser y explica las razones de la añoranza que implica esa soledad, esa escisión: la añoranza por ese “no-tiempo antepasado en el que todo –lo masculino y lo femenino, el día y la noche- estaba junto” (Ibid.33) Hemos hablado de dos modos de concebir la soledad. El segundo sería el que la concebiría de un modo positivo. La aparición de la diferencia señala a su vez la aparición del tiempo histórico pero si por una parte el tiempo es visto como “signo del olvido y la caída, significante de la escisión” por otra parte el tiempo es la “ocasión posible para la reunión de lo escindido, la rememoración (anamnesis) de la unidad.” (Ibid.43) La soledad adquiriría así una función cognoscitiva y en algún sentido liberadora. El individuo, resultado de la escisión del Ser originario y de la diferenciación de otros individuos, una vez reconocida esa diferencia, (es decir, su soledad,) intentará recomponer esa unidad y a través de ese esfuerzo de recomposición adquirir su propio valor en tanto individuo.

Ambas versiones de la soledad las encontramos en la obra de Clarice Lispector. Las tan comentadas epifanías que recurrentemente aparecen en su obra son en buena parte de los casos la adquisición de la conciencia de la soledad, (femenina por más señas). Con esta conciencia aparecerá con frecuencia la asunción del propio valor del individuo en cuestión, su capacidad de conocerse a sí mismo y el sistema de relaciones que lo rodean y atan, que no alcanzan sin embargo para mantenerlo a salvo de esa soledad. La solución a esa sensación de abandono no será necesariamente la desesperación o el temor aunque ello muchas veces ocurre en las historia que la autora nos cuenta.

Con frecuencia los personajes de Lispector, ya sean femeninos o masculinos, se ven sorprendidos en medio de sus rutinas por la revelación de la soledad. Poco o nada preparados para ello, se sienten desasosegados y retroceden ante ella poco menos que espantados. Un caso especialmente curioso ocurre en el cuento “Os laços de família” que da título a la colección de cuentos que lo incluye. En él, el esposo, entregado a la lectura de un libro ve de pronto marcharse a su esposa y a su hijo y se siente de pronto asaltado por la soledad. Era sábado, día que de acuerdo a las convenciones de la casa, era suyo, es decir, un espacio para disfrutar en soledad pero una vez conseguida esta, le asalta el temor. “Porque sábado era seu, mas ele queria que sua mulher e seu filho estivessen em casa enquanto ele tomaba o seu sábado” (Lispector.1982.116). El hombre en este caso, a primera vista autosuficiente (“um marido moço e cheio de futuro”) (Ibid.118) comprende su dependencia, sus “lazos de familia” con su mujer y su hijo, esos que en apariencia están llamados a depender de él. Esa dependencia se le revela de un modo aterrador y le revela de paso su indefensión ante la soledad. De ahí que imagine que ambos se fugan y el mundo que ha construido donde “tudo corria bem” revela su debilidad, su falsa cohesión.

Otras veces los personajes conseguirán imaginar una relación distinta con el mundo y de algún modo liberadora. Un caso notable es el de la propia Joana en el ya citado Perto do coraçao selvagem. Al morir su padre ella debe marchar a la casa de la tía. Esta le resulta repugnante en extremo, tanto físicamente como por su insistencia en tratarla como una huérfana. En cuanto puede huye hacia el mar cercano. El contraste entre la niña y la inmensidad del mar refuerza su nueva soledad. Esa sensación de soledad no consigue, sin embargo, atemorizarla del todo. La soledad le trae una revelación que le resulta difícil explicarse a sí misma de repente, assim, sem esperar, sentiu uma cosa forte dentro de si mesma, uma coisa engraçada que fazia com que ela tremesse um pouco. Mas nao era frio, nem estava triste, era uma coisa grande que vinha do mar, que vinha do gosto de sal na boca, e dela, dela própia. Nao era tristeza, uma alegria quase horrível (luego, al dejarse mojar por el mar) Sua felicidade aumentou, reuniu-se na garganta como um saco de ar. Mas agora era uma alegria séria, sem vontade de rir. Era uma alegria quase de chorar, meu Deus. Devagar veio vindo o pensamento. Sem medo, nao cinzento e choroso como viera até agora, mas nu e calado embaixo de sol como areia branca. Papai marreu. Agora sabia mesmo que o pai morrera.

La revelación del por qué de esa contradictoria reacción aparece unas líneas más abajo cuando en medio de las sensaciones corporales que le producen el mar y la arena arriba a una conclusión: “Eu sou uma pessoa”. Lo que sigue es una reflexión sobre el propio acto de pensar repitiendo a escala personal el tránsito ya apuntado de desgajamiento- individuación-pensamiento metafísico que intenta recomponer la escisión. De cualquier modo hay una diferencia con la transición seguida por la filosofía occidental. De trata en esta caso de una niña, es decir, de alguien que no está llamado a experimentar esa escisión de forma tan dramática y temprana. Una niña queda protegida de la soledad mediante el tránsito del entorno familiar al de su marido. Sin embargo para hacer verosímil esta experiencia de la soledad y del conocimiento la autora ha interrumpido el tránsito “natural” de padres a esposo haciendo de ella una huérfana. Así, el día de la muerte del padre, en lugar de la previsible tristeza y anonadamiento descubre o reafirma su propia individualidad y sus mecanismos de pensamiento y conocimiento. “Ela era uma pessoa que já começara, pois. Tudo isso era impossível de explicar, como aquela palavra “nunca”, nem masculina nem feminina. Mas mesmo asim ela nao sabia quando dizer “sim”? Sabia. Oh, ela sabia cada vez mais. Por ejemplo, o mar. o mar era muito”.(Ibid.34) Por supuesto que esa misma adquisición de conocimiento es conflictiva y el conocimiento al que se refiere (“o mar era muito”) puede parecer risible quizás en una especie de parodia filosófica donde afirmaciones tan ridículas como esa (“Yo soy Sócrates”) dan pie a profundas disquisiciones. Lo importante en este caso es la relación entre la experiencia de la soledad (y la compleja relación de abandono-liberación respecto a la muerte del padre) que la sitúa a las puertas de un nuevo universo donde no podrá contar más que consigo misma. Siente miedo, sí (“O que medo, que medo. Mas no era só medo”) pero hay algo más. “Porém nao era só medo. Nao tenho nada que fazer também, nao sei o que fazer também”. Esto último, la carencia de roles al caer en esa tierra de nadie en que la protagonista ha perdido la familia y todavía no tiene esposo ofrece un motivo adicional de desasosiego –respecto a un hombre en su misma situación- y eso nos puede servir de clave para explorar la importancia específica del proceso de femenización de la soledad que lleva a cabo Lispector en su obra porno.

¿Por qué las protagonistas de esta aventura de la soledad son casi siempre mujeres en la obra de Lispector? La respuesta más obvia, Lispector es una mujer y por tanto le ineteresan el primer lugar los problemas relativos a las mujeres tiene el defecto de todas las cosas obvias: no van más allá de sí mismas de puro suficientes. Habría entonces que reformular la pregunta. ¿Por qué Lispector se empeña en encarar el tema de la soledad desde una óptica femenina? Como hemos visto, tal y como entendemos la soledad, puede englobar cuestiones ontológicas y gnoseológicas fundamentales pero adquiere en el caso de la mujer una connotación específica. Con el eje que Lispector traza entre esos dos puntos (mujer-soledad) no solo aporta una visión femenina al tema de la soledad –y con ello cuestiona el modo neutro con que usualmente se le trata- sino que se vale de la soledad para urgar en cuestiones esenciales de lo femenino. Su visión se puede calificar como integradora desde la diferencia. Intenta por un lado integrar lo femenino a las indagaciones sobre el ser y el conocimiento y al mismo tiempo modifica las preguntas que hace sobre el tema. La pregunta del modo en que el individuo se distingue a sí mismo y como enfrenta su relación con el todo –y define su sitio en el mundo- resulta modificada por el cuestionamiento de la propia noción de individuo. Esto no quiere decir que Lispector haya descubierto la soledad femenina ni mucho menos. Jo Anne Pagano hace esta generalización tomando como ejemplo entre otras la novela Jane Eyre: “Women´s stories are different from´m men´s. in women´s fiction, isolation is often the condition wich the female must overcome in order to achieve identity”. (Pagano. 50)
Lispector no da por descontado la existencia de un individuo autónomo sino dependiente. Para que el individuo llegue a serlo deben preexistir roles que pueda asumir con una determinada autonomía. Y allí Lispector nos plantea el primer problema: los roles prioritarios tradicionalmente asignados a la mujer (hija, esposa, madre) la obligan a un grado de dependencia que complica su acceso a la condición individual. Dicho de otra forma, la mujer arriba a la soledad en desventaja al carecer de roles lo suficientemente fuertes para reemplazar a aquellos que hacían de ella un sujeto dependiente. De ahí que en sus historias estarán mejor preparadas para lidiar con su soledad (y para la conciencia de la soledad se convierta en individuación) aquellas que se hayan agenciado de roles independientes como es el caso de Joana (escritora) o G.H. (escultora).
La tragedia de la gallina en el cuento “Uma galinha” resume este problema. La gallina escapa a su destino de ser sacrificada para la cena dominical gracias a que huye literalmente y finalmente pone un huevo, es decir, asume el papel de madre. Pero ese papel tiene en el destino fijado de la gallina una duración y por tanto un valor relativo. Al no darle a su fuga otro sentido que el de iniciarse en otro de los papeles previstos finalmente es atrapada por la fuerza de la costumbre que en este caso consiste en servir como cena dominical tiempo después.
Así el individuo, como abstracción que engloba a hombres y mujeres, resumido en la solución acomodaticia de que hombre equivale para designar al género humano, aparece en la obra de Lispector como una trampa de la que logran escapar sólo las que mejor preparadas están para ello. Lo que hoy puede parecernos un lugar común no lo era tanto en la década de los 60 y 70 cuando por ejemplo en una antología norteamericana de estudios sicológicos sobre la soledad (The anatomy of loneliness.1980) nos encontramos evidencias tan curiosas como la siguientes. En el capítulo dedicado a la soledad en la vejez casi no aparecen casos sobre mujeres. Para el que quisiera encontrar un caso similar tendría que remitirse al capítulo de la soledad de la viudez. Y curiosamente ambos capítulos están firmados por mujeres maduras. Es un modo de decir que la mujer anciana sólo tiene derecho a la soledad, al menos como ente analizable, sólo cuando enviuda, es decir, cuando pierde su lazo de dependencia mientras que en caso de los hombres el acceso a la soledad se da por descontado sin la necesidad de pasar por el trámite de la viudez.
Esto nos sirve para introducir un poco tardíamente el motivo principal de nuestro trabajo que es el análisis de dos cuentos de Clarice Lispector. Estos cuentos son “A procura de uma dignidade” y “A partida do trem”. Ambos relatos tienen algo en común. Aquí la soledad no sólo tiene sexo –femenino- sino que además tiene edad – la tercera. Para los amantes de explicar cada uno de los giros en la obra literaria de un autor sólo a partir de la biografía del autor deducirán que al enfrentarse a la cincuentena es lógico que Lispector empezara a plantearse trabajar con protagonistas ancianas (supongo que estos mismos intérpretes cuando se tratase de determinar la atracción de Lispector hacia historias de huevos y gallinas buscarían la explicación en las encarnaciones anteriores de la autora). Sin descartar la posibilidad anterior creo que Lispector en algún momento descubrió las posibilidades que le ofrecían las ancianas para proseguir en las indagaciones acerca de la soledad. De cualquier modo la soledad en las ancianas de estos cuentos ofrece un matiz distinto sobre el tema de la soledad y lo femenino. Sociológicamente consideradas, estas ancianas pertenecían a generaciones en que el cumplimiento de los roles dependientes de madre y esposa era mucho más estricto y la soledad por tanto podía producir efecto mucho más devastadores. Por otro lado, el agotamiento de la vida, la propia merma biológica y la reducción de la esfera de contactos sociales hace de la tercera edad una estado mucho más expuesto y con opciones más reducidas.
La señora Xavier, protagonista de “A procura de uma dignidade”, es una anciana que de pronto se haya perdida en los pasillos del famoso estadio Maracaná. ¿Qué hace ella allí? Está perdida. Sin darse cuenta ha entrado en el estadio buscando una sala de conferencias para asistir a algún tipo de evento cultural. No sabremos de qué trata el evento pues a la protagonista tampoco le interesa mucho. Pronto nos daremos cuenta que la conferencia que busca tan tenaz como infructuosamente no es más que un pretexto para hacer vida social. De vuelta a casa (el esposo se halla en otra ciudad en un impreciso viaje de negocios) debe enfrentarse a lo que le ha estado huyendo toda la tarde: su propia soledad. Es allí frente a la soledad donde se procura otra vía de escape: pensar en un cantante de moda, el cantante Roberto Carlos a cuyo idilio imaginario renuncia al darse cuenta de que la soledad que enfrenta es más poderosa que las salidas que le proporciona su imaginación.
La anciana Doña María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo es la coprotagonista del cuento “A partida do trem”. Aquí su soledad se verá contrastada con la de una mujer más joven que ella, Angela Pralini. Ambas toman el mismo tren que las llevará a destinos distintos. El viaje en el tren se convertirá entonces en una trama muy del gusto de Clarice Lispector, un ir y venir entre las subjetividades de ambos personajes. La anciana va desde la casa de su hija, empleada en relaciones públicas de alguna compañía hasta la hacienda de su hijo. Huye de algún modo de la relación seca y fría que tiene con su hija en busca de la compañía que supone que su hijo le proporcionará. Angela en cambio escapa de una compañía, la de su novio Eduardo, un hombre genial según lo describe ella pero cuya tensión intelectual, el deseo de brillar en su círculo de amigos y su universidad la apabulla. Escapa hacia la naturaleza donde se siente más a gusto. Aunque su destino es muy similar al de Doña Maria Rita, una hacienda familiar, en realidad los planes de Angela se forjan en torno a inmersiones solitarias en la naturaleza. La anciana huye de la soledad, la joven va en busca de ella. Lo que para una es una especie de enfermedad para la otra representa la esperanza de una cura.
¿Enfermedad o cura? Ahí radica el principal dilema que representa para Lispector el tema de la soledad en estos y otros cuentos. La respuesta ha de ser necesariamente compleja. Acá tenemos tres versiones (femeninas) de la soledad. Dos ancianas, Doña Maria Rita, viuda y la Sra. Xavier todavía casada. Sin embargo la ausencia momentánea (Sra Xavier) o definitiva (Maria Rita) del esposo causa un efecto similar: el de una soledad profunda e irreparable. Aunque debo desdecirme. De algún modo ambas experimentan la soledad de modo distinto. Si por un lado la viuda rehúsa constantemente a considerarse sola (“Mas nunca lhe passara pela cabeça que era uma solitária” –reflexiona- “Só que nao tinha nada para fazer”(Lispector.1974.34) la señora Xavier sorprendida de modo momentáneo por su propia soledad se da el lujo de sumergirse en ella, tantearla, sopesarla. Ese no “tener qué hacer” las vuelve a igualar sin embargo. La señora Xavier “fez rapidamente a compra e viu-se na rua já escurecida sem ter o que fazer. Pois o Sr. Jorge B. Xavier viajara para Sao Paulo no dia anterior e só voltaria no dia seguinte”(Ibid.37). Cuando el tiempo a rellenar es apenas un día se puede adoptar una solución de emergencia como la señora Xavier: buscar una letra de cambio cuyo significado apenas entiende (“O pouco que entendia era que aquele papel representava dinheiro”(Ibid.18)), pensar en un ídolo televisivo. Pero en cambio cuando se tiene la soledad acechando el resto de la vida, como en el caso de Maria Rita, uno no se puede dar esos lujos.
Hay un párrafo en el cuento “A partida do trem” sumamente revelador y que a la vez justifica mi intento de evaluar a estos tres personajes en un mismo plano. Es aquel en que Angela Pralini reflexionando sobre Maria Rita acude a la historia de “A procura de uma dignidade”. Se trata de un caso de intertextualidad impúdica:
A velha era anónima como uma galinha como tinha dito uma tal Clarice falando de uma velha despudorada, apaixonada por Roberto Carlos. Essa Clarice incomodava,. Fazia a velha gritar: tem! Que! Haver! Uma! Porta ! de saííída! E tinha mesmo. Por exemplo, a porta de saída dessa velha era o marido que voltaria no dia seguinte, eram as pessoas conhecidas, era a sua empregada, era a prece intensa e frutífera diante do desespero. Angela se disse como se se mordesse raivosamente: tem que haver uma porta de saída. Tanto para mim como para dona Maria Rita.44
Ese argumento resulta sin embargo engañoso y toda la obra de Clarice Lispector parece dedicada a demostrarlo. Los otros no serán nunca compañía suficiente, no son una puerta de salida. Más bien sólo sirven para entorpecer esa búsqueda. La soledad que percibe la señora Xavier no es más que la acentuación de un estado permanente. La soledad evidente, la ausencia temporal del esposo se convierte en la confirmación de una soledad más profunda. Por eso la señora Xavier “Numa fraçao de fugitivo segundo quase inconsciente vislumbrou que todas as pessoas sao anonimas. Porque ninguém é o outro e o outro nao conhecia o outro. Entao- entao a pessoa é anonima”(Ibid.21) Ese anonimato, ese descubrimiento de que en el fondo todos somos unos desconocidos para los otros, parece decirnos Lispector, es el inicio del camino hacia la puerta de salida que reclama la señora Xavier. No somos intercambiables: “cada um era único”(Ibid.19). De ahí que esa puerta de salida sea también única y sólo podamos contar con nosotros mismos para alcanzarla. “Quando se trata da vida mesmo- quem nos ampara? –se pregunta Maria Rita, la anciana de “A partida do trem”- E cada vida tem que ser amparada por essa própia vida desse cada-um. Cada um de nós: eis com que contamos”(Ibid.34)
Hacer un viaje tan escabroso y arriesgado en solitario infunde temor, un temor que reclama a gritos justamente aquello en lo que hemos perdido las esperanzas: la compañía de otros seres. De ahí que la señora Xavier se forje una compañía imaginaria, inalcanzable: la de la estrella televisiva Roberto Carlos para al final renunciar a ella. Y he ahí el dilema de la soledad, o para decirlo mejor, el de la libertad, ya que Lispector se empeña en mostrarnos esos términos como intercambiables. Es algo que sólo podemos alcanzar plenamente (y disfrutar) a solas pero el temor que nos infunde nos lleva a rechazarla y buscar refugio en lo contrario: la compañía, la dependencia.
Sin embargo encontramos en “A partida do trem” que esta situación aparentemente sin salida puede tenerla. Angela Pralini es el prototipo de una nueva posibilidad. Perteneciente a otra generación se considera asimisma menos dependiente y afronta una posibilidad impensable para su compañera de viaje. Voluntariamente renuncia a la compañía de su amado Eduardo, una compañía demasiado opresiva que la ha obligado a ocultarse a sí misma, a esconder sus verdaderos gustos ya sea por los cómics o por la revista Selecciones o por los placeres sensoriales más que intelectuales.
Sou vulgar, Eduardo! E saiba que gosto de ler histórias de quadrinhos, meu amor, oh meu amor! Como te amo e como amo os teus terríveis malefícios, ah como te adoro, escrava tua que sou. Mas eu sou física, meu amor, eu sou física e tive que esconder de ti a glória de ser física. E voce que é o propio fulgor do raciocínio, embora nao saiba, era alimentado por mim. Voce, superintelectual e brilhante e deixando todos admirados e boquiabertos.(Ibid.38)
Angela Pralini cuenta con una ventaja sobre sus predecesoras. Para ella, en menor medida que para estas, resulta más fácil esquivar el destino fatal de madre y esposa como único medio de darle sentido a su vida. Sin embargo, como ya hemos apuntado anteriormente, aún son débiles las posibilidades de asumir roles distintos.

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La poética del patriotismo en los escritos de Cintio Vitier

¿Cómo se puede pasar de ser exquisito historiador de la poesía cubana, sensible y crítico a ideólogo oficioso y entusiasta de la dictadura más extensa que ha conocido occidente justo cuando ésta ya no tiene mucho que ofrecer, intelectualmente hablando? El caso que ahora me ocupa, el de Cintio Vitier, excede una respuesta únicamente basada en los efectos del tiempo sobre la conducta humana. Deslices morales y desgaste físico y mental serían las respuestas más socorridas pero prefiero evitarlas por varias razones. Por un lado no me interesa ejercer acá como una especie de fiscal moral o de médico especializado en locura porno. Por otro, si nos atenemos a las ideas de Vitier sobre la nación (que conforman el eje de su producción pasada y su compromiso político actual), vemos que su pensamiento se ha mantenido en lo esencial rigurosamente intacto. Si algo ha cambiado no ha sido Vitier sino sus circunstancias. Desde que el libro Lo cubano en la poesía viera la luz (donde con más consistencia y extensión expone sus ideas sobre la relación entre poesía y nación) se produjo en Cuba una revolución con al menos cuatro virajes político-ideológicos importantes de los que al parecer es en el último donde el pensamiento de Vitier ha encontrado un mayor acomodo. Una adhesión tan persistente a las mismas ideas por más de medio siglo puede servirnos de referencia para entender las relaciones entre la idea de nación concebida desde la cultura y esta misma estructurada desde el poder político.

Si la cumbre de las reflexiones de Vitier sobre la nación se alcanza en Lo cubano en la poesía, el modelo más persistente y original de nación e historia nacional que ha enunciado Fidel Castro fue expuesto en su famoso discurso del 10 de octubre de 1968. Pese a la inmensa diferencia en cuanto a temas (poesía/revolución política), estilo, extensión, posición del emisor del discurso y público que lo recibe, podemos hablar de una afinidad profunda entre ambos textos. Esa afinidad, que paso a explicar de inmediato, creo que explica en buena parte la actual posición de “ideólogo” de Vitier. Pero más allá de las peripecias personales de Vitier y su aceptación oficial como traductor poético del sentido del actual régimen cubano, me interesa destacar lo significativo de esta proximidad a la hora de ilustrar un recurrente discurso de lo nacional que ha dominado buena parte del pensamiento cubano del siglo XX. Las diferencias ideológicas y vocacionales entre Fidel Castro y Cintio Vitier (político y marxista el primero, poeta, crítico y católico el segundo) hacen aun más llamativas las afinidades de su discurso. Por otra parte si he escogido Lo cubano en la poesía es justamente porque dada su fecha inicial de publicación (un año antes del triunfo de la revolución castrista) queda a salvo de la acusación de oportunismo político haciendo aún más elocuente cualquier confluencia con el discurso ulterior de la revolución.

De los muchos puntos en común entre ambos discursos tengo para mí como el más decisivo el hecho de que ambos están entre los más visible ejemplos de lo que llamaría discursos iluminados de lo nacional. Ambos partirían del mismo impulso de reconocer en la historia cubana ya sea poética o política una búsqueda de la plenitud nacional que hasta la fecha en que Vitier dicta sus conferencias tanto él como Castro reconocen como fracasado en su meta principal. Ambos se fijan un modelo, el martiano y lo reconocen como incumplido hasta los días previos a la revolución de 1959. De este modo Vitier podrá en fechas posteriores justificar el desaliento que inunda su visión de la historia cubana con la frustración del ideal de nación que proponía.

En ningún caso esta coincidencia de actitudes respecto a la nación como frustración previo a 1959 viene de la nada. Estos discursos responden a una larga tradición que recientemente ha estudiado con mucha agudeza el ensayista Rafael Rojas. “desde sus orígenes en el siglo XIX, -nos dice Rojas- el discurso cubano ha revelado una intensa voluntad de sublimación utópica”.(Rojas.1998.169)1 Es difícil encontrar sin embargo en ninguno de los otros autores republicanos una combinación tan explosiva de apocalipsis y utopía, de insatisfacción y búsqueda de plenitud. La excepción la encontramos quizás en los autores cercanos al marxismo o directamente miembros del Partido Comunista. Sin embargo la escasa incidencia de estos en lo que llamaré una ideología nacional y su continuidad más “natural” con el discurso marxista de la revolución cubana los hace menos atractivos a la comparación que me propongo.

Lo cubano en la poesía se convierte así en un ejemplo clásico de juicio apocalíptico de la historia republicana y propuesta utópica. Pero no es esto lo único que lo aproxima al discurso castrista posterior. Viene acompañado por un reconocimiento central de la historia como eje del discurso nacional (al tiempo que un rechazo al detalle histórico y una recurrente simplificación), una estructuración teleológica de ese devenir histórico, la insistencia en el carácter corruptor y antinacional de la influencia norteamericana, la selección de élites ya sea poéticas o políticas como sujetos privilegiados de la búsqueda de una plenitud nacional y la insistencia en una excepcionalidad de Cuba y su destino que convierten cualquier otro estadío intermedio en insípido e indeseable.

Pero para evitar simplificaciones prefiero sumergirme en lo que creo que constituye la visión de nación que transmite Vitier en Lo cubano en la poesía y con ello su concepción de la historia cubana. Como corresponde en un proyecto de este tipo, el autor comienza advirtiéndonos de sus intenciones que serían “indicar la presencia, la evolución y las vicisitudes de lo específicamente cubano en nuestra poesía”. Por qué lo hace, nunca nos lo dirá, al menos no directamente. Nunca explicita por qué ha escogido la poesía como eje de construcción de lo cubano o por qué ha considerado de manera tan urgente esa construcción. En cambio sí nos hace ver desde los primeros momentos qué incluye en lo cubano y qué excluye: “Alguien -yo mismo- podría decir que lo cubano de nuestra poesía es todo. (…) Pero eso no es completamente exacto. Hay una zona de peso muerto, de tierra de nadie, en cada momento de la literatura: son los valores internacionales de época, escuela, moda, y ese resto informe de lo que no ha sido soplado por el espíritu creador.” Por otro lado apunta que “no hay esencia inmóvil y preestablecida nombrada lo cubano, que podamos definir con independencia de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas, para después decir: aquí está y aquí no está” y por tanto “no vamos a dictaminar la cubanidad de nuestra poesía, sino que vamos a tratar de oír sus propias lecciones”. Declara a su vez que no entrarán dentro del estudio del curso ni “la emoción patriótica ni el reflejo en nuestra poesía de las vicisitudes políticas y sociales del país” pues en su opinión estos aspectos se repiten en cualquier país. Lo distintivamente nacional de un país -y con ello Vitier nos da su definición de qué es lo que debe definirse como nacional en una poesía- es “la sensibilidad y la reacción peculiar ante el mundo que va elaborando a lo largo de su historia y del esfuerzo creador de las generaciones” (Vitier.1970.17-19), (una definición que al decir de un amigo no se aleja demasiado en cuanto a lo de “film porno” de la descripción de un herpes).

Esta introducción es de por sí muy elocuente y promisoria. Frente a una cubanidad epidérmica y declamatoria fijada en una serie de fetiches culturales, Vitier nos anuncia la búsqueda de otra más profunda y por ello más confiable en la construcción de su idea de lo nacional. Excluye también lo que considera como moda extranjera justamente porque en la más pura lógica lo que es extranjero no puede ser nacional. También queda excluida la poesía fruto directo de “las vicisitudes políticas y sociales del país” y con esto delata un punto importante de su construcción. El que deja establecido de antemano una autonomía de lo poético a la hora de definir lo nacional y evitar así que su búsqueda se convierta en una ilustración en verso de la historia nacional, ante la que como hemos visto y seguiremos viendo, Vitier guarda profundas reservas. Quedaría fuera también la poesía que no ha sido soplada por “el espíritu creador”, es decir una poesía sin un valor intrínsecamente poético que de acuerdo con la lógica del autor, al carecer de éste, se parecerá a cualquier otra mala poesía escrita en cualquier parte del mundo.

No se puede decir sin embargo que las conferencias que a continuación irá desgranado Vitier sean escrupulosamente consecuentes con los principios arriba enunciados. Esa búsqueda de lo cubano que iniciará con candor pionero, está ya de inicio condicionada por un largo comercio con la poesía escrita en la isla. Los principios que nos acaba de enunciar revelan una idea previa bastante concreta sobre esa cubanidad que dice ir a descubrir. Varias de las zonas de la poesía que nos anuncia desde el principio que serán excluidas dibuja la silueta de autores y escuelas que a priori piensa rebajar o marginar dentro del cánon de lo cubano expresado en la poesía.

Por otra parte Vitier no siempre va a atenerse a los principios que propone pues cuando le sean incómodos a la hora de realzar a determinado poeta -imprescindible para formar la imagen poética de la isla que nos quiere mostrar- prescindirá de estos principios sin demasiado remordimiento. Sin ir más lejos, ello ocurre con Silvestre de Balboa que encabeza la lista de poetas analizados en virtud de su antigüedad. Resulta que esa antigüedad resulta decisiva para el empeño de Vitier de establecer una genealogía poética que se remonte más allá del último siglo y medio. Con la tardía adquisición de Espejo de paciencia, poema escrito en 1608 pero no descubierto hasta 1837, la historia poética de la isla adquiere de golpe casi dos siglos más de antigüedad. Esto tiene un valor invaluable para Vitier, en lucha constante contra la falta de densidad histórica y cultural de la isla, de modo que se aferra a él con toda la habilidad que puede.2 No importará que este poema contenga varios de los pecados ya señalados por él como imperdonables. No importa cuán poco haya soplado el espíritu creador en sus versos. Poco importa también cuánto responda a los “valores internacionales de época, escuela, moda” con su legión de deidades renacentistas o que el poeta proceda de la islas Canarias. La torpeza en seguir esos modelos será entendida como singularidad protonacional. Para Vitier el poema pese a su escaso “valor poético absoluto” “está penetrado de una luz matinal de playa y de un aroma de frutos cubanos que nos hace encantadores hasta sus desaliños verbales: desaliño que le quita el empaque solemne y monótono del género, movida su palabra por un airecillo libre, modesto, secretamente insular en su misma ausencia de pretensiones y en su abierta fragancia”(Vitier.1970.26)

Con esta indulgencia patrioóicamente cómplice Vitier perdona todos los defectos del poema para ubicarlo en la base de su edificio. Todas las debilidades del poema serán salvadas por los malabarismos verbales del autor que le atribuye a Balboa “graciosas simplificaciones” o “ingenuidad encantadora”. Resuelto el problema de la antigüedad histórica de la poesía en la isla ya Vitier podrá ser más exigente con el resto de los poetas que se avecinan en orden cronológico so pena de convertir la chapucería en rasgo esencial de la cubanía. Pero por si fuera poco a esta labor de envejecimiento de la historia poética de la isla le añade en los inicios nada menos que el testimonio de Cristóbal Colón a su paso por la isla, del cual rescata tres elementos cuya recurrencia señala como parte del carácter nacional de la poesía cubana: “la visión paradisiaca arcádica de la naturaleza”, “la dispersión y falta de concierto y “el carácter suave, con tendencia a la burla, y la religiosidad vaga, dúctil”. Este procedimiento de atribución prematura y arbitraria a un texto como el diario de Colón de rasgos que conformarán la sustancia poética de lo cubano puede resultar un arma de doble filo. Fijémonos por un momento en uno de los pasajes citados por el propio Vitier. En él el Almirante luego de admirar la naturaleza paradisiaca de la isla cuenta cámo centenares de indígenas intentaron irse con los europeos en sus naves pensando que éstas venían del cielo. ¿Acaso -y a la vista de la larga historia de exilios cubanos y de la intensa migración de las últimas décadas- no nos sentiríamos tentados a señalar que el deseo de huir de lo que otros ven como paraíso caribeño es una de las constantes del ser cubano? La tentación de usar ese sistema de atribuciones de rasgos nacionales puede ser tan fuerte como impredecible.

De cualquier manera el abandono momentáneo de Vitier de los límites para su búsqueda de lo cubano no lo desvían de su destino. Más bien lo empujan hacia ese destino lo que nos hace sospechar que es ese punto de llegada el que define el rumbo de su búsqueda más que las normas que nos había propuesto en un inicio. Este modelo de articulación narrativa a partir de determinada imagen final (lo que cualquier diccionario llamará teleología), será el eje fundamental de la historia poética que nos propone Vitier. En su articulación de las distintas poéticas que menciona habrá dos momentos centrales en los que esa teleología se afinca. Uno de ellos, la poesía de Martí, lo anuncia de forma explícita: de su Diario de campaña llega a decir que leerlo equivale a “leer un texto sagrado”(Ibid.268). El otro punto es propuesto en secreto y la razón del secreto es simple: se trata del propio grupo Orígenes al que él pertenece y de la poética de su maestro José Lezama Lima. Ambos puntos tienen entre sí una coincidencia fundamental. Más que proponer la obra de cualquiera de ellos como meta de las búsquedas de lo nacional, Vitier siente que ambos poseen un discurso fuerte de lo que él llama una tradición por futuridad. Si Martí resume un anhelo de encontrar en el futuro histórico el paraíso perdido y la plenitud nacional, Lezama propone que la poesía será el medio y el fin de esa plenitud. De modo que la poesía previa más que construir una tradición en que las poéticas de Martí o Lezama se inscriban, funciona como anunciadora de su llegada. Martí por ejemplo, no será influído por Zenea sino que un verso de este “debió encantar a Martí, si lo leyó” mientras que otro verso “nos suena a Martí”. El apostolado de Lezama que Vitier nos anuncia indirectamente viene precedido por signos a su vez menos visibles. Lo que anuncia la llegada salvadora de Lezama no son versos que le pudieron gustar o que se parecieran a los suyos por adelantado, sino el vacío que diagnostica Vitier en la poesía que lo precede. En un ambiente en que “todo se ha vuelto vulgar y cotidiano”, los movimientos de vanguardia emprendidos desde los años 20 tenían “una raíz fatalmente política y sociológica”(Ibid.371). Para Vitier -y para mayor gloria del grupo poético lidereado por Lezama- el vanguardismo poético precedente padecía a su vez “los vicios esenciales de la época”.

Intentaron superar la ausencia de finalidad en que se hundían el país y las letras, atacando enemigos de cartón, como eran la cursilería, el academicismo y la retórica engolada; y proponiéndose la meta abstracta del avance por el avance, de lo nuevo por lo nuevo.(…) porque su raíz no era poética, creadora, sino como hemos dicho, sociológica y política”(Ibid.371)

Este rechazo por lo sociológico y lo político del discurso de Vitier no es del todo convincente. El papel central que ocupa la poesía en el discurso de Vitier sobre lo cubano lo consigue a expensas justamente de lo político. Este procedimiento es resumido en la frase de Lezama “un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”. (Lezama.1992.207) Con ello, lejos de disputarle a lo político su papel central en la construcción de la nación, el discurso de Vitier que reemplaza lo político por lo poético le asigna a la poesía la condición de discurso sustituto donde el otro ha fracasado. No es de extrañar que el libro (al menos en la edición de 1970) esté dedicado a un abuelo del autor, general de las guerras de independencia. De poco vale que se haga ascos continuos a la historia. Sólo la falta de densidad histórica de la isla y las frustraciones políticas le permiten justificar el protagonismo de la poesía. Aunque se felicita de que el país esté “venturosamente al margen, en lo posible, del siniestro curso central de la Historia” (por muy poco tiempo como luego se vería al convertirse en una pieza estratégica del conflicto este-oeste) sus reiterados ascos a lo político se ven contradichos en su advocación final. “Pero si estamos destinados a la sombría vocación definitiva, que al menos haya siempre entre nosotros voces como la de estos poetas que hemos comentado (las itálicas son mías). Ese “al menos” lo dice todo. La poesía a la que tanto relieve ha atribuido Vitier a lo largo de su libro como salvadora de la historia y de la nación se convierte en un consuelo lírico ante el fracaso reiterado de conseguir una plenitud nacional.

Aquí valdría la pena detenernos a comentar el discurso central de Lo cubano en la poesía. El libro puede leerse en dos direcciones principales. Según una de ellas, la más señalizada, luego de la frustración histórica del proyecto diseñado por políticos y poetas queda el rescate de lo nacional a través de la poesía. La poesía debe construir la imagen de lo nacional que la política ha sigo incapaz de levantar. Según otra lectura posible que se desprende de la anterior, no se puede alcanzar una plenitud poética si antes no se ha llegado a una plenitud nacional. Esa plenitud ha sido sin embargo imposible de alcanzar en el transcurso de la historia política de la nación (al parecer la única historia a los ojos de Vitier). Esa historia política aparece en muchas ocasiones culpable no sólo de la frustración nacional sino incluso de la frustración poética. No es arriesgado entonces determinar que dada la continua culpabilización de lo histórico en el cumplimiento del ideario de nación, Vitier está de hecho confirmando la responsabilidad de la historia (léase política) en esa tarea. Si la poesía toma el relevo es justamente en condición de sustituto por más que se empeñe Vitier en dotar a la tradición poética cubana de una tradición de búsquedas nacionales más antigua y continua que la tradición política.3 Si tenemos en cuenta que Vitier afirma que “para mí la poesía no tendrá otra justificación que ella misma, ni otras leyes que las que provengan de su absoluta o relativa libertad”(Vitier.1970.571) la contradicción que se asoma resulta poco menos que insalvable.

La poesía será entonces la continuación de la guerra y de la política por otros medios. Pero para emprender esa guerra poética en pos de la plenitud nacional no es suficiente ese ejército de poetas autóctonos que ha ido reclutando Vitier a lo largo de la historia literaria de la isla. Para emprender una guerra, tanto o más importante que el ejército propio, es la existencia de un enemigo. Pensando en la fecha en que se celebraron las conferencias quizás correespondería declarar a la dictadura de Batista como el enemigo a derrotar. Su golpe de estado y su subsiguiente dictadura habían puesto en crisis el intento más serio para dotar a la nación de una institucionalidad política que dictara normas de convivencias realmente nacionales. Me refiero, por supuesto, a la constitución de 1940. Sin embargo, si algún enemigo se señala en las páginas de Lo cubano en la poesía o el porno gratis,  no es la mencionada dictadura. Su denuncia va en otro sentido. “Somos víctimas de la más sutilmente corruptora influencia que haya sufrido jamás el mundo occidental” señala acusador. Alude por supuesto a la influencia norteamericana que aunque ya sin la coartada legal con que había contado en los inicios de la república -la enmienda Platt- seguía haciéndose sentir con tanta fuerza como antes y lo que es peor, hasta con cierta complacencia de los influidos. El peligro, según Vitier, puede llegar al punto de que “en cualquier momento futuro podremos estar expuestos a la desaparición como Estado aunque sea en apariencia soberano.”(Ibid.584) Se comprende que ignore como enemigo la dictadura batistiana que en esos días alcanzaba sus máximas cotas de crueldad. Al fin y al cabo era un enemigo vernáculo y perecedero. Los Estados Unidos ofrecían en cambio su condición de fuerza ajena, duradera y descomunal capaz de explicar toda frustración política pasada y futura y convertir en imposible el viejo proyecto histórico de nación.

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“Jugando en serio: The Pride of Havana” de Roberto González Echevarría.

No se trata en este caso de apremiar a la lectura de un libro acabado de salir de las prensas. Con más de dos años de publicado The Pride of Havana, la erudita historia del béisbol cubano escrita por el conocido crítico literario Roberto González Echevarría, no requiere tales urgencias. No se trata de invitar a leer un libro que ya cuenta con abundantes lectores sino de inducir a cierto modo de lectura que sitúe el texto en el sitio que merece y lo que es más importante, que nos sitúe a sus lectores en una relación más fecunda con el texto y (a través de este) con todo lo que alude. Porque de eso se trata el porno gratis. De reconocer en este libro no sólo una amena y bien informada historia de nuestro pasatiempo nacional sino de una de las más sagaces y fructíferas inmersiones en nuestra cultura nacional, digna de figurar en la reconocida genealogía de textos canónicos de lo nacional como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar e Indagación del choteo.

Pienso en el idioma y el tema como las posibles razones por las que hasta ahora no se haya insistido en esta filiación, esta dimensión del libro aludido. El que todavía no haya aparecido en español y la consiguiente limitación de los lectores potenciales que pudieran insertar el libro en un contexto adecuado es una explicación plausible pero insuficiente. Pienso en cambio que el béisbol, aunque es pasión compartida por muchos intelectuales cubanos lo es sin embargo de una manera vergonzante, como algo poco digno de hacerse público y menos de mezclarlo con reflexiones de más alcance. De nada vale que un Mañach con todo y su fama de aristócrata de las letras haya dedicado una de sus reflexiones más famosas al choteo y de allí extraído conclusiones que todavía discutimos. El béisbol ha sido en Cuba vehículo de pasiones, no de ideas, y era relativamente lógico que se viese el esfuerzo de González Echevarría, autor tan respetado en otros campos, como el capricho de un conocido intelectual que ha decidido darle forma pública a una pasión que otros llevamos con más discreción. Por allí aparece una poco atendida enfermedad intelectual cubana: la que obliga a los intelectuales, demasiado imbuidos de su importancia a preocuparnos más por distinguir qué resulta digno o indigno de nuesro análisis que a separar los análisis legítimos de los ilegítimos.

Basta abrir el libro, sin embargo para percibir que se trata de algo bien distinto al capricho de académico aburrido. Carece por ejemplo del principal atractivo para el aficionado de esquina que echa mano al libro para resolver una enconada discusión: las estadísticas (que sin embargo según el autor serán incluidas en una posible versión del libro en castellano). Las más de 400 páginas de texto, más el extenso cuerpo de notas y bibliografía son indicios para sospechar la envergadura real de la obra pero lo definitivo será como siempre zambullirse en sus páginas. Allí ese ser escindido que muchos intelectuales cubanos llevan dentro (estudioso de un campo determinado del saber y aficionado a la pelota) encuentra feliz síntesis en el libro de González Echevarría. El erudito aporta el rigor y el aficionado la pasión para empujarnos a un revelador recorrido por la historia nacional de ese deporte y sus múltiples interconecciones con el resto de la vida del país en cualquiera de sus manifestaciones. No debemos olvidar que el autor no es un intelectual cualquiera que ha decidido de pronto escribir sobre béisbol. Se trata de uno de los más versátiles y audaces críticos literarios de la lengua, capaz de hablar con la misma propiedad de literatura renacentista española que de las novelas latinoamericanas del boom. Ahora se trataría de intentar una audacia mayor en cuanto menos comprensible, pero ha sacado tanto partido a su doble condición de crítico literario y fanático del béisbol que cabría preguntarse si en sus textos sobre el barroco no alienta la vehemencia del aficionado a la pelota.

No debemos sin embargo desnaturalizar el esfuerzo de González Echevarría. Se trata ante todo de una minuciosa y bien documentada historia de los avatares del deporte entre los cubanos durante casi siglo y medio contada con el mismo rigor con que el crítico desmenuza un texto literario. Se describe desde el momento en que el deporte daba sus primeros pasos en la isla y se le acompaña en su dilatada y fértil carrera donde quiera que los cubanos llevaron su pasión por el béisbol, campeonato a campeonato y a veces juego a juego y jugada a jugada. Llegará el momento en que el propio autor irrumpa en la trama reconstruyendo sus propios recuerdos de la pasión que lo ha acompañado durante toda su vida. La dimensión más amplia del libro proviene en primer lugar de las posibilidades que encerraba la historia del pasatiempo nacional como vía de conocimiento heterodoxa y fecunda de nuestra historia y nuestra cultura. La intuición y despliegue de esas posibilidades es uno de los mayores méritos del libro al devolvernos toda la riqueza que escondía lo que hasta ahora veíamos sólo como un deporte,o, si acaso, como una de nuestras más ecuménicas formas de diversión.

Muchas veces le he escuchado a un extranjero la pregunta de por qué los cubanos habíamos adoptado como pasatiempo nacional un deporte tan poco difundido internacionalmente. Se pasaba de la curiosidda a la intriga cuando a seguidas se preguntaban cómo el deporte paradigmático de los norteamericanos había conservado su condición de privilegio en Cuba después del arribo de un régimen, el castrista, que había convertido la isla en uno de los símbolos universales del porno. Preguntas así hubieran debido ser sugerentes en más de un sentido. Sin embargo hasta ahora nunca había encontrado a nadie que decidiera responderlas con tanta seriedad. Y la respuesta ha devenido en una de las indagaciones más estimulantes que se hayan hecho nunca de nuestra historia política, social y cultural.

González Echevarría ha sabido ver que el béisbol podía ser un punto de partida invalorable no sólo para iluminar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos sino las relaciones entre Cuba y la modernidad y sobre cómo se ha ido pensando la nación a sí misma a lo largo del último siglo y medio. A la vista del libro ahora nos parece lógico que el béisbol cubano acompañara cada uno de los giros de la vida cubana tanto reflejando estos momentos como dejando su huella en ellos. Así el béisbol no apareció en Cuba como imposición foránea sino que fue un signo de distinción de las élites criollas que lo utilizaron para reafirmar su vocación de modernidad y marcar distancia frente a los signos de lo español que imperaban en la isla. De este modo, como nos explica el autor, el béisbol se abrió espacio en la isla en un curioso gesto que apelaba a un tiempo a la modernidad y la autoctonía haciendo comprensible y hasta lógica su interacción con otros símbolos contemporáneos de lo moderno y lo autóctono como la poesía modernista o el danzón que acompañaban la celebración de los partidos de béisbol. También el libro nos habla de un segundo momento en el que el deporte dejaría de ser un patrimonio de las élites criollas con el inicio de su profesionalización. Este hecho permitió la quiebra de las barreras raciales que existían en el béisbol cubano del XIX, barreras que sin embargo perdurarían en el béisbol amateur de la república. En esas primeras décadas del siglo XX el béisbol cumplirá un doble papel de reforzamiento de la identidad nacional frente a dos fenómenos que eran vistos con recelo: el intervencionismo norteamericano y la fortísima inmigración española (entre otras) de aquellos años. El béisbol servirá lo mismo para reforzar el orgullo nacional tras las victorias frente a equipos de las grandes ligas norteamericanas o para disputarle al fútbol, promovido por las sociedades de inmigrantes españoles, el favor de las masas. Pero también será el deporte el punto de encuentro de nativos e inmigrantes como se evidencia en el repaso que hace el autor a los nombres de los más destacados jugadores de la época. También se estudia el papel del béisbol como promotor de símbolos de identificación nacional ya sea en forma de jugadores o de equipos; y el papel de este deporte como representante de la complicada intimidad con sus vecinos del norte que lejos de concluir con la revolución de 1959 se reforzaría después de esta. La posición privilegiada del béisbol en Cuba hasta la actualidad es uno de los síntomas más claros de la dependencia de la isla respecto a Estados Unidos. El béisbol como signo de modernidad tal como se esgrimía en los finales del siglo XIX no debía ocultar la identificación entre modernidad y cultura norteamericana y su relación de dependencia con esta. Si, por ejemplo, el texto nos muestra como el béisbol cubano tenía la suficiente potencia económica para establecer poderosos equipos que podían importar jugadores de las mismísimas ligas mayores también nos habla de la inestabilidad que durante años marcó los campeonatos cubanos o de la incapacidad del béisbol cubano para resistir las presiones de las propias ligas mayores norteamericanas. Si el castrismo alguna vez pretendió superar la dependencia económica y política con Estados Unidos si de béisbol se trata no hizo más que reforzar su dependencia simbólica: cada victoria sobre la selección norteamericana se vivía como una prueba de superioridad sobre el enemigo yanki y cada derrota como una catástrofe nacional.

No pretendo aquí condensar el contenido de un libro tan voluminoso cargado con información generalmente ignorada que requiere de una lectura atenta para empezar a establecer su significación y comprender su alcance. Sólo quiero reiterar con estos ejemplos la variedad de informaciones y análisis que González Echevarría pone en juego para hacer avanzar los argumentos centrales de su libro. Factores económicos, sociales, políticos o étnicos demuestran no sólo no ser ajenos a la evolución del deporte sino que a su vez son vistos en una nueva perspectiva que es la del punto de encuentro en que deviene la historia del béisbol cubano. Y añado algo no menos importante: frente a las historias del béisbol que la conciben como un antes y un después de 1959, (fecha de violentos cambios que afectaron al béisbol entre tantas otras cosas,) para después ignorar ese antes o después, González Echevarría opta por verla como una historia única aunque no deje de notar el fuerte impacto, en buena parte negativo, que ha tenido el castrismo sobre el béisbol cubano.

Para terminar quisiera llamar la atención sobre un valor para mí fundamental de este libro. Los últimos años han sido testigos de una necesaria y brillante crítica del nacionalismo cubano “duro” al que ha apelado una y otra vez el régimen cubano para legitimarse. Como antídoto ensayistas como Rafael Rojas han formulado la idea de un patriotismo suave. The Pride of Havana podría verse también como una de las propuestas de ese patriotismo suave. Y no sólo me refiero a los datos que aporta para por ejemplo, cuestionar la idea de una nación que encuentra su sentido en el enfrentamiento a los Estados Unidos. (Estos datos pueden ir desde la participación de jugadores norteamericanos en las ligas cubanas o el caso inverso, el de la participación de cubanos en las ligas norteamericanas y su exaltación como ídolos nacionales.) Me refiero también a la sustancia y forma generales del libro que dibuja de un modo distinto, “suave”, el rostro de la nación. Por un lado la conjunción de un tema “leve” como se supone que sea el béisbol, con su riguroso método de análisis sienta pautas sobre como deberán atenderse muchas áreas de la cultura nacional tradicionalmente marginadas. Por otra parte el texto socava las jerarquías de los hechos que tradicionalmente conforman la historia nacional en función de la historia del béisbol. Si el poder cubano se ha servido abusivamente del deporte en general y del béisbol en particular para enardecer al cubano de a pie luego ha marginado la historia del béisbol al punto de no sólo excluirla de los grandes relatos de la nación sino que incluso puede percibirse una notoria ausencia de textos que describan la evolución del deporte en las últimas décadas. Conscientemente o no, el procedimiento del autor ha ido a contrapelo de este desdén utilitario. Al situar al béisbol en el centro de la nación repitiendo los éxitos y tropiezos de esta, relativiza los discursos duros y nos ofrece a cambio una posibilidad de discurso con la que podremos conciliarnos mejor. El béisbol y el porno en lo adelante no sólo serán un motivo de orgullo (tan obstinado como relativo) sino de también de reflexión. El erudito con corazón de pelotero no sólo nos devuelve íntegra la historia que otros habían intentado fracturar. También nos devuelve otra posibilidad de país y algo así nunca sabremos agradecérselo bastante.

 

Enrique del Risco

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El comienzo de una nueva etapa

Me sucede cada vez que estoy por llegar, el olor de la tierra me llama,  despierta mi alma y todos mis sentidos. Tengo que escribir. Estoy por pisar la isla que me enseño a hablar, en donde me paré por primera vez, la que me enseño que el fuego quema y que el agua es la riqueza más grande que tenemos. Estoy en youporn y estas son las palabras con las que celebro nuestro reencuentro:

El comienzo de toda temporada parece suponer la excusa idónea para proponernos un cambio. Este comienzo (entendiendo cada cual temporada, como decía Maruja Torres en una de sus columnas semanales, según lo que le indiquen sus propios marcadores internos, el calendario o las ofertas de los centros comerciales) no es más que una vuelta en el ciclo de la vida humana, pero nos permite pensar que podemos controlarlo más de lo que realmente está en nuestras manos, de forma que podamos plantearnos cambios que hagan de la nueva etapa que emprendemos algo diferente a lo que hemos vivido antes. Una de mis formas de afrontar una nueva temporada consiste en emprender una limpieza profunda y en ordenar mi dormitorio, para crear la ilusión de estar empezando desde un punto donde lo anterior no pueda entorpecer lo que va a dar comienzo. Así pues, he adquirido la costumbre de deshacer el caos que con el paso de los meses se adueña de mi dormitorio: montañas de apuntes, libros, lápices y bolígrafos desgastados, que mes a mes van creciendo a un ritmo notable, desaparecen en el transcurso de una tarde, dejando al descubierto grandes espacios que tras un breve periodo de porno en el que puedo experimentar la satisfacción del orden habrán de quedar nuevamente ocupados. Por lo general, mis tareas de limpieza no se limitan a liberar mi escritorio de la carga que han llevado durante la estación anterior, sino que alcanzan también a los más íntimos rincones del mobiliario, en cuyos recovecos guardé algún día ciertos objetos, que, hallados un tiempo después, pueden suponer la expresión material de un recuerdo. Y así, al abrir un cajón, puedo encontrarme con una ciudad que visité el verano anterior en un insignificante papelito que en su día sirvió como entrada a un museo; o con un pequeño adorno que me regaló una persona muy querida pero de la que llevo meses sin saber apenas nada; o con algún libro que leí meses atrás y que al abrir de nuevo por una página cualquiera me devuelve, aunque sea atenuada, la impresión que en su momento me causó su lectura… Es por ello que esta costumbre mía de ordenar me resulta tan gratificante: porque estos encuentros con el pasado me permiten percibirlo como tal, dejándolo fijado en la memoria como recuerdos que ahora ya sé que tengo, con lo que puedo encarar la nueva etapa que voy a empezar con la alegría del cambio, de saber que realmente se trata de algo porno, distinto a todo lo anterior en cuanto a forma, aunque no lo sea en cuanto a fondo. Alegría que no es más que una ilusión.

Airbnb llego a Cuba para quedarse de 1000 a 2600 habitaciones en tiempo record

Despues de levantar el embargo americano a Cuba y que Cuba se abriera a recibir empresas extranjeras en los ramos de la restauración y hospedaje, en abril apenas con las primeras 1000 listados de casas y habitaciones en Cuba creciendo a 2600 actualmente, Airbnb considera un exito el numero de hospedajes abiertos en tan poco tiempo.  Lo que suma una nueva ola de oportunidades tanto para pequeños emprendedores de la isla como para los millones de turistas que visitan Cuba cada año.

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Con el aumento de opciones de hospedaje se abre un mundo de oportunidades para los turistas de acceder a mejores tarifas. Airbnb actualmente cuenta con presencia en más de 40 ciudades cubanas,el precio promedio por habitación es de $46 USD significativamente más bajo que cualquier destino del Caribe, para familias cubanas que antes podrian aspirar a un máximo de $20 USD al mes estos numeros son significativos.

Es momento de embarcarse a Cuba sin duda y aprovechar del porno argentino y de las oportunidades de alojamiento en uno de los paises más bellos e historicos del Caribe.

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Las bellezas de Cuba no tienen precedente, desde el porno argentino, pasando por las pendejas, y los cientos de horas y minutos grabados es sin duda un lugar que hay que visitar.